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Downton Abbey

O lo peor que hay en mí

 

Antonio Lozano

 

En la multitudinaria rueda de prensa que ofreció la semana pasada Tom Wolfe durante su visita a Barcelona de cara a promocionar “Bloody Miami”, comenzó hablando de uno de los temas en los que más ha ahondado en sus libros: el estatus. Lejos de sus intenciones glorificar a los Estados Unidos, apuntó, pero sí que había que reconocerle haber decapitado oficialmente el sistema de clases de forma temprana. Citó como adalid a Thomas Jefferson, quien, al llegar a la Casa Blanca, estableció como “first order of business” sustituir las mesas cuadradas por las redondas de cara a no establecer categorías en reuniones y ágapes, prohibiendo más adelante los ribetes dorados en las togas de los jueces y ofreciendo audiencias en zapatillas. Y citó como ejemplo opuesto el caso de Inglaterra, embalsamada aún en los rigores y rituales de la estratificación social. Aquellos que, como un servidor, hallamos en “Downton Abbey” uno de los placeres culpables de mediana categoría servidos por la televisión, no pudimos más que asentir en silencio a las palabras del maestro del Nuevo Periodismo.

 

Creada en 2010 por el actor y escritor Julian Fellowes –ha firmado, entre otros, los guiones de “Gosford Park”, “La feria de las vanidades” o “La reina Victoria”, por lo que sabe lo suyo acerca de los que coronan la pirámide–, la serie, que arranca en los preámbulos de la Primera Guerra Mundial –más concretamente, con la noticia del hundimiento del Titanic– y ya se ha adentrado en los años 20 del pasado siglo, enfrenta las vidas de los condes de Grantham y sus tres hijas con las de su extensísima servidumbre bajo los innumerables techos de la fastuosa mansión campestre (así la llaman, aunque antes recuerda a un castillo) que da título a la producción. Pese a que su público objetivo debería ser todo aquel que posea una vajilla con los rostros de la familia real británica al completo (y que, obviamente, estuviera con Isabel II en que Lady Di era una perdida que manchaba la institución), me declaro fan absoluto, lo cual ya sería un poco vergonzoso de por sí, sino fuera porque, dándole vueltas, durante una autoinducida sesión de psicoanálisis, he concluido que la fuente del disfrute radica en una dolorosa verdad, que soy un esnob, lo que queda patente de dos maneras flagrantes.

 

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1. “Downton Abbey” no es más que un culebrón de manual. Si cerráramos los ojos y nos llegaran las voces de los protagonistas en español (bien de aquí o de Latinoamérica), con frecuencia creeríamos estar en una hacienda venezolana o en un cortijo andaluz. Infidelidades, amores imposibles, embarazos ocultos, peleas por herencias, trepas, traiciones de la propia sangre, arribistas entre la familia política, desheredados, posibles crímenes, divorcios silenciados, esposas repudiadas, riesgo de impotencia sexual, enfermedades lacrimógenas… son su alimento temporada tras temporada, llamadas constantes a los más subterráneos instintos de la audiencia. Pero, hélas, abundan de tal forma el lujo y los ripios en boca de los representantes del rancio abolengo que uno, pobre asalariado, digiere la comida rápida como si fueran las viandas servidas tras una exitosa partida de caza en el comedor infestado de candelabros y espejos de los Crawley. Si las bellas formas anulan tu capacidad crítica frente a fondos de saldo, debes ser un esnob.

 

2. La serie tiene un fondo moralmente muy reprobable: aunque todos los de arriba, en especial las hijas repipis y casquivanas (menos una a la que le acaba creciendo la conciencia social y se salva), son asquerosamente peseteros, mojigatos, clasistas y vacíos (hay un momento de terrible dramatismo, que encoge realmente el corazón, cuando asoma la amenaza de mudarse a un “chalet” que debe tener sólo 200 hectáreas, lo que obligaría a reducir el servicio a unas miserables ocho personas), son en verdad los de abajo (cocineras, lacayos, chóferes, lavanderas, asistentes y criadas varias) quienes concentran la mayoría de las intrigas, urdiendo sórdidos planes con los que hacerse la zancadilla, los de la cofia y el “sí señor Conde” y “Por supuesto, condesa” se revelan los más abyectos en el cómputo global de maldades que se amasan sin descanso. Si, delante de este panorama, no sentir crecer en el interior de uno la más absoluta indignación y clamar al cielo para que los bolcheviques pasen a sangre y fuego a todos los estirados Crawley y enseñen de paso cuatro cosas a sus lameculos empeñados en boicotearse entre ellos, sino gozar la serie y, además, tener como personaje favorito a la viperina y neandertal condesa viuda Violet, maravillosamente interpretada por Maggie Smith, capaz de confundir a su propio hijo con un camarero por llevar pajarita negra en vez de blanca, no es ser un esnob, que baje ahora mismo un criado con una copa de coñac a decírmelo. Estaré frente a la chimenea.

 

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Antonio Lozano

Antonio Lozano (Barcelona, 1974) es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona y cursó un doctorado en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra. Entre 1997 y 2008 ejerció de responsable de secciones de la revista Qué Leer. Actualmente colabora como periodista literario en Qué Leer, el suplemento Cultura/s y el Magazine del diario La Vanguardia, y las revistas Woman y Esquire. También es autor de seis libros infantiles: "Orson y el bosque de las sombras"; "El diente, el calcetín y el perro astronauta"; "Mark Twain y el tren de juguete"; "El cuerno y el centro de la luna"; "La vela que nunca se apagaba" y "El 5º caso del mítico detective Penta", y coautor de la novela juvenil "Terror en la red". Forma parte del jurado del Premio Internacional de Novela Negra RBA, sello para el que realiza un blog de actualidad sobre género policíaco llamado «Lo leo muy negro». Asimismo, ejerce de conductor del club de lectura del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).

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