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Juego de Tronos 4x04

"Guardajuramentos”

6,3

 

Milo J Krmpotic'

 

Obviamente, este 4x04 estaba escrito, rodado, montado y empaquetado meses antes de la polémica desatada en Estados Unidos por su antecesor y, en concreto, esa secuencia entre Jaime y Cersei que en los libros no representaba una violación, en la que no había necesidad de flirtear con la violación y que, sin embargo, a muchos (entre los que me cuento, tal y como refleja la crítica de la semana pasada) les pareció violación. Y podríamos dedicar la totalidad de este texto a comentar las fluctuaciones en el juego de poder entre los hermanos-amantes Lannister, así como las varias aristas de la secuencia capaces de herir una sensibilidad tan a flor de piel como la norteamericana, sin olvidar lo escasamente afortunado que se mostró el realizador Alex Graves a la hora de explicar la situación recurriendo al manido y peligroso “dijo no pero en el fondo todos sabemos que lo estaba deseando”.

 

A la vez, conste que mi pega partió de posiciones estrictamente dramáticas: si quisieron mostrar una violación, guionistas y realizador torpedearon con ello las opciones de redención de un personaje al que venían sometiendo a un proceso de limpieza y humanización; y, si no, bueno, simplemente no contaron las cosas con toda la gracia que hubiera sido de desear. El caso es que insisto en este asunto porque, volviendo ya al presente, “Guardajuramentos” se reveló muy consciente acerca de lo sucedido en “Rompedora de cadenas”, empeñado como estuvo en nivelar la balanza presentando a mujeres ejerciendo el poder y, por cierto, haciéndolo bajo la impronta del más desviado feminismo: aquel que invita a la hembra a elevarse desde una brutalidad aún mayor que la que haya podido firmar el macho. Pueden argumentarme que tal es la ley de Poniente, pero ahí tienen el recuerdo de la añorada Catelyn Stark como prueba de que existen posibilidades más equilibradas.  

 

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Ese ansia por reconducir la situación, para más inri, dañó las dos terceras partes del episodio. La conquista de Meereen por parte de Daenerys era carne de elipsis para no caer en el déjà-vu, pero nos fue mostrada igualmente a fin de desembocar en la crucifixión de los 163 amos de esclavos, con la que la Madre de Dragones demostró tener el mismo sentido de la justicia que George W. Bush en sus días como gobernador de Texas (o peor, pues no quedó sentada la relación directa entre los burgueses sometidos a calvario y los 163 niños anteriormente ajusticiados de idéntica manera). Y, acto seguido, la lección práctica de espada entre Jaime y Bronn, también repetida, tuvo como único objetivo que testimoniáramos al “Matarreyes” revolcándose por el suelo (esto es, castigado por su pecadillo de lujuria) y nos congraciáramos con él a partir de la camaradería que comienza a unirle a su maestro (tal y como, un rato más tarde, el regalo que le hace a Brienne, elevado a lema del capítulo, y lo emotivo de la despedida entre ambos apuntalarían de nuevo su recuperación moral).

 

Pero, si de recuperaciones hablamos, nada para enderezar un comienzo mediocre como sendas clases de Realpolitik a cargo de Meñique y Olenna Tyrell, especialmente porque nos revelaron las claves del asesinato de Joeffrey. Y, mientras descubríamos que el regicidio tuvo a la anciana pero antaño calenturienta dama como responsable intelectual, las demás mujeres “fuertes” de Desembarco del Rey siguieron cubriéndose de gloria. Cersei, como una borracha a la que el mucho vino no calma la sed de venganza, siguió reclamando la muerte de Tyrion e invitó a Jaime a que fuera también en busca de Sansa. Y, como el sexo débil sólo sabe elevarse, parece, desde la brutalidad, la arbitrariedad o la artimaña erótica, Margaery desempeñó el rol de prostituta en una visita nocturna a Tommen destinada a: 1) allanarle el camino hacia un nuevo matrimonio, y 2) dejar al pobre chaval con un perfecto ejemplo de lo que los anglosajones catalogan muy visualmente como “blue balls”.

 

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Si el guión resultaba cuando menos discutible en sus posicionamientos de género, ciertamente los diálogos no acudieron en su ayuda. Por reiterativos (véase el encuentro entre Tyrion y Jaime en la mazmorra), por escasamente afortunados en sus gracietas (como cuando Pod llamó “Ser” a Brienne –otro ejemplo, y van, de dominio de una mujer masculinizada sobre un hombre, por mucha fama de trípode que este gaste–) y, sobre todo, por excesivamente planos: el acercamiento de Locke a Jon Nieve recorrió varios clichés, y el discurso del segundo ante sus hermanos cuervos, algo más logrado, acabó torciéndose al derivar en la versión Castillo Negro de “El club de los poetas muertos”.

 

A partir de ahí, curiosamente, se sucedieron las sorpresas para pavimentar un sprint final de lo más interesante. En una llamativa desviación respecto al libro cuarto, Bran, Hooo-dooor y los hermanos Reed fueron capturados por los rebeldes del torreón de Craster (rebeldes pero reaccionarios, pues allí son ellos los que siguen violando y ellas quienes se ven terriblemente sometidas). Y, después de que Daga nos obsequiara con un monólogo perversamente shakespeariano (pues no imaginamos al pobre Hamlet bebiendo del cráneo partido de Yorick), el nacimiento del último hijo de Craster dio entrada a los siempre agradecidos Caminantes Blancos y, entre ellos, a un Rey de la Noche cuyo bautizo de la criatura por imposición de uña nos dejó muy cerca del entusiasmo. “Guardajuramentos” habrá comenzado bajo mínimos y se habrá desarrollado entre altibajos, pero qué final, señores, qué final.

 

 

Bonus tracks:

* “Kill the Masters”. Porque, en Meereen, los esclavos escriben sus grafitis en inglés, claro.

* “The Kingslayer Bros. You like it? I like it”. Porque Tyrion es incapaz de declararse inocente del crimen que podría hacerle perder la cabeza sin antes hacernos soltar una carcajada.

* Meñique: “I don’t want friends like me”. Porque eso podría ser muchas cosas, pero amistad, lo que se dice amistad…

* Daga: “I was a fuckin’ legend in Gin Alley… a fuckin’ legend!”. Porque el torreón de Craster se ha convertido en lo más parecido a una taberna inglesa que uno pueda encontrar en todo Poniente.

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com

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