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Paredes de Coura 2015 Crónica

19-22/08/2014, Recinto Festival, Coura

 

Brais Suárez

Fotos Hugo Lima

 

Enchufado entre las paredes del río Coura y acariciando la playa fluvial do Taboao, el Paredes de Coura se caracteriza por integrar en la naturaleza un cartel que no da un respiro, no tanto por la cantidad de actuaciones como por su calidad. De  grandes nombres a descubrimientos y alguna que otra decepción, la edición de este año vino marcada por el halo psicodélico de grupos como Temples o Tame Impala, pero también por las actuaciones oscuras e intensísimas de Fuzz, Iceage, The Soft Moon o Ratatat. Father John Misty y Charles Bradley se encargaron dejar su corazón sobre el escenario y llevarse un pedazo del nuestro, mientras Natalie Prass se lleva el premio al concierto revelación.

 

Lunes 24

Por pura deferencia hacia mi memoria, esta crónica seguirá un orden perfectamente aleatorio y ajustado a la psicodelia que las cerca de 40 actuaciones alcanzaron en los últimos días.

 

Me replanteo mi futuro. Intuyo que el periodismo gonzo puede no ser una buena meta si tengo tanta consideración por mi salud. De momento, no dejo de escuchar el “Let it Happen” de Tame Impala, no tanto por la nostalgia de estos últimos cinco días como por lo que ocurrió mientras Parker cantaba.

 

Me duelen los brazos, los gemelos y la espalda. Una pira de ropa embarrada y sudada arde en el jardín como los restos de un naufragio.Empiezo a comprender de nuevo el mundo desde un hábitat civilizado, pero la afonía me delata. Echo de menos el Paredes y solo puedo volver por escrito.

 

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Domingo 23

El día del Señor empieza con un amanecer suave en el que un par de visionarios cantan Héroes del Silencio (“Amanece tan pronto […] y un duende me invita a soñar) mientras escalan las cuestas hasta las tiendas. La mañana se desvanece en la calma y, al despertar, “Let it happen” pasa de himno a filosofía de vida. “Dejemos que ocurra lo que tenga que ocurrir”, pensamos al recoger la tienda en medio de un apocalipsis de lluvia, viento y mugre. Huimos de Paredes de Coura hacia Vigo y dejamos atrás un auténtico valle de la devastación.

 

En un email, la organización me indica que el Paredes de Coura 2015 ha sido arrasado por casi 100.000 humanos desbocados que agotaron las entradas. Dice también que la próxima edición será del 17 al 20 de agosto de 2016. Mentalícense.

 

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Miércoles 19

Flashback. La primera impresión no engaña. Paredes de Coura es un pueblo muy bonito y poco cómodo (en lenguaje técnico). Hace calor y se necesitan pies de gato para llegar al camping y a los conciertos y a los baños y al pueblo y al coche... Un río ameniza la escalada y gran cantidad de cuerpos soportan el calor tendidos en la hierba o sobre colchonetas a la deriva por un agua que se va poniendo morena a medida que pasan los días. Eh, pero es bonito. O tiene algo que nos lo hace creer. El momento Let it happen está cada vez más cerca.

 

Cuando la Quechua estaba perfectamente incrustada entre miles de sus semejantes, Ceremony salían a escena. Su punk repetitivo y sin alicientes no ayudó a los intentos del cantante de formar los pogos que sí habrían conseguido las versiones originales de New Order o Joy Division que imitaban y el concierto se quedó en una espera por Slowdive.

 

Los británicos se lanzaron con todo, haciendo honor a sus influencias con el “Deep Blue Day” de Brian Eno para ir después directos a por el mítico single (“Slowdive”) y hacer que el público se derrumbara y agitara sobre una histeria (“She Calls”, “When the Sun Hits”) que por momentos se suavizaba (“Machine Gun”) o se acaramelaba (“Alison”). Eso sí, siempre con la voz deliciosa de Goswell llevando la batuta. 7.

 

Pero el plato fuerte era TV On The Radio, que entró con unos experimentalismos que bajo la iluminación azul recordaban ese rock sinfónico de Pink Floyd y se ajustaban a la psicodelia que parecía dominar el cartel de este año. Así entonaban “Young Liars”, con sus rugidos y una orquesta que superaba con creces lo que daba de sí el EP que le daba nombre en 2003. La voz de Tunde Adebimpe se hacía incluso más soul que entonces, pero su eclecticismo iba mucho más allá y con el “Happy Idiot” enseguida puso un contrapunto más movido que pasó por el punk (“Dancing Shoes”), de nuevo el soul (“Golden Age”) o un rock más electrónico. Sin embargo, el ambiente no acabó de cuajar hasta que el rap de “DLZ” nos hizo saltar hasta ese infinito azul del escenario. Para gritar ya estaba Adebimpe en “Wolf Like Me” y para arder, las bengalas del público. Cuando parecía que el concierto se quedaba corto, los bises, que se hicieron de rogar, demostraron que los neoyorquinos se lo habían dejado ya todo y no daban más de sí. 7,5.

 

Para los que quisieran volar todavía más lejos, DJ Fra reventó los equipos de sonido del segundo escenario al empezar a lo grande con “Loud Places” de Jamie XX y seguir con temas como “Inspector Norse”, con lo que no quedó más que resignarse hasta que llegara la próxima noche.

 

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Jueves 20

Menos mal que el sol, como un dementor del desierto, se propuso robarme la vitalidad. Así pude escuchar con calma las pruebas de sonido, un gemido lejano con el que se intuía el calor que quedaba por soportar hasta la noche. En el río tampoco era fácil dormir y el pueblo ofrecía demasiados restaurantes como para que yo fuera el primero en darme cuenta. Las salchichas crudas del supermercado ni dignifican ni alimentan, pero sí me permiten subsistir. No lo sabía, pero una intuición divina me anticipaba algo grandioso. Let it happenestaba acercándose.

Los grandes atractivos del jueves estaban clarísimos: Father John Misty y Tame Impala. Quizá no fuera ese el orden, pero sí lo fue tras el recital que dio cada uno de ellos. El sol era sobrecogedor y no estaba yo como para no aprovechar la pátina de mugre protectora que daba el agua del río. Entre las vicisitudes del clima y la hidratación se colaron Hinds y Pond. Me dejé también de lado a White Fence, porque tenía las ideas claras y había hecho un all in por Father John Misty, así que la cola en el escenario principal fue amenizada por el cuarteto de Steve Gunn, que alternó sonidos acústicos y eléctricos mientras iba atardeciendo sobre un escenario paradisíaco, ideal para la lisergia que estaba a punto de llegar.

 

Reconocido desertor de sus antiguos trabajos y personalidades, estaba clarísimo que Joshua Tillman iba a ponerse el alzacuello y tirar del humorismo que construyó las letras de su último "I love You, Honeybear". Y así fue. Lo hizo a través de canciones, discursos y (por lo que traslucían sus palabras) alucinaciones. Sin embargo, no era tan de esperar la fuerza vertiginosa con la que recorrió el escenario como un auténtico adalid folk, con ese porte emblemático que empuñaba la  guitarra y se dejaba la voz de rodillas, saltando o sentado sobre un bafle. Su pasión lo convirtió en un auténtico predicador, un mesías de la música que entre canción y canción tuvo tiempo de reírse de su país, de los artistas, de los greatest hits, de las novelas y del propio público. En el crepúsculo del jueves, Tillman no parecía creer en nada más que la música y su escepticismo demuestra aquello de que “nunca se verá a un depresivo patriota, pero sí enamorado”, enamorado del público y la poesía. Mientras sus propios músicos parecían alucinar con sus achaques de genio, John Misty imponía su chorro de voz sobre las ovaciones. No había quien lo parara. Estábamos ante un milagro de la música. Entusiasmaron todos y cada uno de los temas, que compensaron los arreglos más efectistas de las versiones de estudio con un piano arrasador y una entrega feroz. Bravo, Tillman. Hasta me había olvidado de que Let it happen llegaría pronto. Cada canción parecía aglutinar la furia todos sus éxitos. “I Love You, Honeybear”, “Chateau Loobby #4”, “Bored In the USA” y, sobre todo, “Ideal Husband”. Todas ellas consiguieron ridiculizar un disco de estudio brillante y las ironías incisivas de Tillman dejaron en evidencia cualquier expresión musical que no fuera el directo. Más allá de los monólogos que acompañaron el “I'm Writing a Novel” o “Bored In the USA”, lo más hilarante de la noche llegó cuando, en medio de la empalagosa marea de mecheros que formó el púbico, él tomó prestado un móvil cuya pantalla reflejaba una vela encendida. Es imposible saber si, en su ingenio, fue una burla o un guiño al público; tampoco se sabrá cómo lo entendieron las 20.000 personas que habían agotado las entradas, pero está claro que Joshua Tillman había evangelizado a los presentes para siempre. Ganó. El mejor. 10

 

Después de semejante derroche solo querría quedarme tumbado en la cama, con la sábana cubriéndome hasta la cintura y fumando un cigarro, pero me llamó la curiosidad y me fui a por Iceage, a los que apenas sí había escuchado un par de veces. La primera sorpresa fueron las reminiscencias a Joy Division, con su sonido obscuro y la puesta en escena en blanco y negro. El bajo y la batería mandaban sobre las cuatro figuras en la sombra, pero si algo destacó fue la fuerza con la que Elias Bender consiguió hacer interesante un último disco que nadie parecía conocer. De todos modos, la vista ya estaba puesta en Tame Impala. Me cené al legendario Tigerman a pesar de la expectación que se había generado entre el público portugués y busqué vista panorámica hacia los australianos.

 

Las notas de entonces son, como mínimo, difusas. Let it happen lo confundió todo. Sí recuerdo cómo en los instantes previos Kevin Parker salió a escena erguido como un pastor que arrastra a su banda. El público ronroneaba. Los instrumentos dispuestos a ser tocados, acariciados… Oscuridad. Figuras siderales en las pantallas. Empezaron por la Intro. Un pequeño saludo. Como diría Maiakovski, no es una tremenda originalidad, pero yo estaba allí, hipnotizado por la banda y ajeno a mi entorno. Los instrumentos se iban solapando. Batería y guitarra. Delay extravagante. La voz se mantenía al margen hasta que, de pronto, las bases de “Let It Happen” nos abrieron los ojos como platos. La expectación no podría ser mayor. Tenía la sensación de estar viendo a los Beatles o al Led Zeppelin de esta época, uno de esos conciertos visionarios por el que mis nietos me envidiarán. Los cinco minutos de show mantenían la psicodelia del "Lonerism" e incorporaba además un sonido totalmente nuevo, ritmos asonantes… Hasta que el estribillo… El estribillo era demasiado conocido. A mi izquierda, un individuo soltó un gemido. No, un alarido. Tampoco. Profirió un quejido delirante que me rompió los esquemas. Intentaba cantar. Aquello iba más allá de los alucinógenos o la psicodelia. Aquel tarareo abismal me rompió el corazón. Era la demencia, la incoherencia. Otra especie. Qué clase de alimaña se escondía tras aquellas gafas de sol, solo él lo sabe. Seguía: “Let it happen”… casi aparentando dignidad. Profería de vez en cuando alguna otra palabra (shoulders, closer, story…). Parker había pasado ya a un segundo plano. El setlist no podría ser mejor; enseguida llegaron “Mind Mischief”, “Alter Ego”, “Eventually”… Impresionó la perfección con que el más mínimo detalle fue traducido al directo, cómo se sincronizaron toda clase de visiones y ensoñaciones  sonoras y se trasladaron a ese escenario en el que nada más importaba que la pantalla de formas difusas, colores fosforitos y ácido lisérgico. Era maravilloso, pero aún sobre los mismos agradecimientos de Parker y sobre sus halagos a Portugal pesaban esas tres palabras… Let It Happen, parecían seguir cantando aquellas gafas de sol en la oscuridad. La propia adaptación de las canciones del "InnerSpeaker" a este universo electrónico las mejoraba aun conservando su naturaleza. Fue un espectáculo casi histórico cuando “Feels Like We Only Go Backwards” se interrumpió para que el público la cantara. “Sing it”, dijo Parker, pero el de mi izquierda seguía con su mantra… Por último, después de “Apocalypse Dreams”, el final de Nothing That Has Happened So Far Has Been Anything We Could Control fue sencillamente glorioso, un lujo. Con todo, por mucho que fuera el talento de la banda, una auténtica bestia había arrasado el escenario hacía menos de dos horas y los australianos carecían de una personalidad tan arrolladora como la de Tillman. Inevitable comparar. 8,9

Mirror People y Nuno Lopes, en los after hours, se quedaban para el Blade Runner de mi izquierda. Let It Happen.

 

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Viernes 21

Otra mañana más que fue bendecida por el Astro Rey en todo su esplendor. Al despertar, un corrosivo Lorenzo me hizo creer que eran las tres de la tarde, pero mis ojos legañosos traslucían que no eran más que las nueve. Terrible. Me subo al trineo y bajo hasta la zona del río, donde vuelvo a escuchar con gusto las pruebas de sonido.

 

Let It Happen.

 

Y así, a medio camino entre el sueño y la vigilia transcurrió el día. Las salchichas crudas del supermercado eran tentadoras, pero preferimos cocinar arroz en el camping gas. Daba igual. Era imposible hacer nada digno. Después de otro baño en el agua (cada vez más morena, insisto), los Allah-Las empezaban fuerte el día con el disco de Catamaran (“Busman's Holiday”) para ir a por lo mejorcito de su último Worship The Sun (“Follow You Down”), con las guitarras limpias y meticulosas que traían su característico surf rock desde las mismas playas de California. Aún a pesar de ese inicio devastador, yo no las tenía todas conmigo después de haber presenciado su desastre en Barcelona, pero poco a poco se fueron ganando a un público que no conocía demasiadas canciones y estaba más preocupado de la cerveza. Las guitarras siguieron surfeando el último disco con tranquilidad, hasta volcarse en la tempestad que provocaron “I Had It All” o “Tell Me (What´s On Your Mind)” para rematar con un trío devastador: “Artifact”, “Catamaran” y “Long Journey”. El aperitivo quedaba servido, solo con la molestia de Waxahatchee que ya se oía de fondo. 7,3

Tarareando una mezcla de “Had It All” y “Let It Happen”, me dirigí al escenario secundario, donde el panorama era desolador. Waxahatchee se incrustaban sobre el escenario como un grupo de adolescentes de Disney Channel, con su pinta de punks baratos y con el mismo ímpetu de quien da una misa. Quizá sea mi desconocimiento de muchas canciones o quizá su inseguridad sobre el escenario, pero mi imaginación no pudo evitar equipararlas a cinco postes de la luz puestos por el estado. Lo suyo no era concentración; era pura desidia y el colmo llegó cuando Crutchfield se vino arriba y cantó de espaldas al público. Le falta en su currículum un “The Masterplan” para tal osadía. Mal. Muy mal. 4

 

Turno de Mark Lannegan. Nunca lo había visto en directo y después de su último disco tenía especialmente ganas de escuchar su música misteriosa y mágica, de comprobar cómo sería en vivo la mezcla de los sintetizadores con su rock desértico y cómo pegaría su voz apagada en el ambiente colorido de la Praia do Taboao. Sorprendió, lo primero, la poca expectación que se había levantado y cuando llegué en la segunda canción a primera fila entendí que, efectivamente, este no era su escenario. Quizá de noche… Quizá en una sala tenebrosa… Quizá en otro momento… Porque la ejecución fue correcta, las canciones del "Phantom Radio" fueron las justas (“Harvest Home” fue seguramente la más coreada) para dejar que sonaran otros éxitos más antiguos y secos; las teclas y la guitarra se lucieron y la falta de visuales se compensó con la concentración en la música… Pero volvió a faltar contacto con el público y al final solo permaneció la sensación de que era un concierto más, para él y para los asistentes. 6

 

Ya era de noche y el sudor de mi camiseta era ya sólido y crujía, pero ya que estaba allí, tenía que aprovechar el sitio para que Charles Bradley me embadurnara en primera fila con todo el sentimiento que faltó a Lannegan. Como un heredero de la palabra de Father John Misty, Bradley demostró  esa empatía que García Márquez atribuía a los desgraciados y como si acabara de salir de las estaciones de metro en las que imitaba a James Brown antes de ser descubierto, el cantante estaba tan fascinado como su público entregado. Se emocionó y nos emocionó con una voz que fue el instrumento más poderoso de la noche, una voz que crecía por encima de saxos y trompetas y dejaba a Bradley empapado en sudor y lágrimas. El público le correspondía y cuando acabó el concierto no era la música Motown lo que venía de otra época, sino su ímpetu y su pasión.  Y todo esto sin mencionar sus dotes de baile y los besos que repartió por primera fila. Para quien crea que la música no transporta… 9,5

 

El concierto de The War On Drugs me plantea un fuerte dilema. O es que cualquier cosa hubiera dado pena después de la brutalidad de Charles Bradley o es que los de Philadelphia fueron realmente lamentables. Más bien lo segundo. Dieron pena. Avalados por su nombre y su posición en el cartel, se fueron casi directos (excepto por temas como “Arms Like Boulders” o “Baby Missiles”) a por el último disco, "Lost in the Dream", quizá la única manera de forzar a que alguien lo escuche entero. Lo camuflaron con toda esa clase de efectos que rodean sus canciones y se dedicaron a masturbar el mástil de sus guitarras sin ningún tipo de encanto. Quizá ellos se lo hayan pasado bien, porque a mí me hubiera bastado con “Under The Pressure” y “Red Eyes”, más bien por cómo las entonó el público que por lo que deambulaba sobre el escenario. De no haber estado sentado quizá podría haber evitado que me cayeran los párpados… La calidad de los músicos es lo único que les hace rozar el aprobado. 4

 

Al menos quedaba Tanlines para dar el toque de gracia a una noche que se quedaba con un tono amargo. El dúo trajo consigo todo el colorido de la escena neoyorquina, con bases muy pegadizas, la batería y una guitarra que levantó a los que todavía teníamos esperanzas de escuchar música. 6,5

 

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Sábado 22

Niebla. Me despierto a las 10.30 y ya tengo mono de una buena dosis de sol que me calcine hasta los conciertos. Desconfío. Caen unas gotas. Los baños no están practicables pero al menos no hay cola para una ducha bien fría. Entre estas sospechosas contradicciones avanzó otro día más de degradación física. Me pareció oír, de hecho, un Let It Happen de fondo, pero no.

 

Necesitábamos música para resucitar y, entre tanta alternatividad,también alternativo fue el escenario que se improvisó en la estación de bomberos para ir intimando con los Woods. Más tarde, a través de una niebla digna de una jungla asiática, vuelvo a escalar las paredes del Coura para que una cola descomunal (y sin más explicaciones que unos cacheos desmedidos) consiga que me pierda Holy Nothing y solo intuya desde lejos los ritmos brasileiros de Banda do Mar, que robaron demasiado protagonismo a una de las grandes sorpresas del festival: Natalie Prass. Demasiada música para un escenario tan pequeño, pero también la intimidad necesaria para una voz que mejoró, con creces, las versiones de estudio. La batería, más cercana al jazz de lo habitual, se mezcló con el ritmo funky de la guitarra y el bajo, siempre con la voz de la de Cleveland dominando el espectáculo. Totalmente desmelenada y muy sonriente, una improvisación en homenaje a Portugal (más desconcertante que otra cosa) dio paso a “Bird of Prey”. Aunque echó en falta los arreglos de viento y cuerda, se alargó durante ocho minutos en un derroche musical que culminó con “Baby Don´t Understand Me”. Está bien saber parar a tiempo, pero el concierto se quedó corto, porque estaba siendo una delicia. 9

 

Nada más salir, Jeremy Earl ya blandía su guitarra bajo las nubes de una noche inminente. Los árboles que se abalanzan sobre el escenario principal parecían un elemento más de la orquesta que los Woods llevaban consigo, con un piano omnipresente que compensó las carencias de una voz algo pusilánime. Más concentrado en la guitarra, Earl tuvo que esperar a que llegara “Bend Beyond” para demostrar de lo que es capaz y empezar a espabilar a un público al que quedaba mucha tralla por delante. Lo bueno fue precisamente esa sencillez, o sinceridad incluso, con la que un concierto sin el menor efectismo se abandonó a un folk puro y limpio, con improvisaciones cuyo sonido crudo y ritmos lentos hacía recordar a Neil Young. Solo faltó algo más de carácter. 7,2

 

Cuando llegué, los Temples ya estaban allí, como un mal sueño, como una reminiscencia a la que nos habían abandonado Tame Impala dos días antes (aunque sin el mantra Let It Happen). Igual que con los australianos, un escenario oscuro cedió protagonismo a los visuales y a unos drones que bailaban sobre el público canciones como “A Question Isn´t Answered” o la psicotrópica “Mesmerise”, que se llevaron todo el protagonismo del Sun Structures. Ya casi de noche, tampoco se quedaron atrás singles como “Shelter Song”, cuyo inicio dio ganas de chillar como una adolescente sesentera frente a los Beatles. Claves fueron también los cambios de ritmo en “Sun Structures”, pero, en general, los británicos se ciñeron demasiado al disco homónimo, con la excepción de improvisaciones puntuales y algún que otro “Thank you”. Muy fríos. 7

 

Y ya casi sin tiempo para volver a la realidad, apuro para buscar sitio en el Palco Vodafone FM y chocar con una masa de pogos que convulsionaban ante unos Fuzz histéricos. Tres sombras tocaban “What´s In My Head” y convertían su estribillo pausado en un auténtico chorro de guitarras comandadas por la voz de ultratumba de Ty Segall. A continuación, entre la distancia, la exaltación del público y el formato estilo Ramones (todas-las-canciones-seguidas), no fue fácil distinguir en qué parte de su único disco se encontraban, porque todo sonaba totalmente a un garage americano de un pasado mejor. Un placer solo empañado por no haberlos podido disfrutar en un escenario mayor. 8,3

 

De hecho, bien podrían haberse cambiado por Lykke Li, que aunque aparecía como una de las más grandes, arrancó con un sonido lamentable. Sí llegó con su voz exquisita (a pesar de todos los efectos que traslucía); sí tocó todo lo que se le podría haber pedido, sí hubo el entusiasmo esperado con “Follow Rivers”; sí se esmeró al piano y sí se reconoció, en definitiva, la artista que todos esperábamos. También la puesta en escena, con velos negros (al estilo de la carátula de "I Never Learn") cayendo sobre el escenario fue de lo más destacable del Paredes; pero hubo algo, un veneno, un duende, que se perdió por el camino (quizá en los altavoces) y no llegó al público hasta que la sueca agarró unas baquetas y, en “No Rest For The Weekend”, empezó a dirigir la orquesta poblada que la acompañaba. El final salvó un concierto del que se esperaba bastante más. 6,5

 

Ratatat fueron más casual. Salieron puntuales, callados, sin mirar al público, sin siquiera haber retirado los instrumentos de Lykke Li. Dos guitarras y una batería. Ellos se lo cocinaron y ellos se lo comieron a base de beats y riffs. Aun a pesar de su halo injustificado de súper estrellas, sí mantuvieron la emoción del concierto en todo momento sin una palabra, sin un sonido que no calcara lo que todos conocíamos y lo elevara al éxtasis colectivo. El público surfeaba sobre la multitud y caía disparado en el foso, como atraído por los mosaicos de patos y ovejas en las pantallas. Mast y Stroud, impasibles, se arrastraron hasta marcharse con la puntualidad con la que llegaron. El “Magnifique” quedaba así perfectamente presentado y sumido entre una marea de aplausos. 8

 

Cambio hacia el Palco Vodafone FM, más lleno que nunca, y llegan The Soft Moon para seguir oscureciendo la noche de nubes con uno de los conciertos más intensos de los cuatro días. Los 50 minutos de post-punk que había preparado Luis Vasquez se quedaron cortos, pues las referencias a un estilo de música industrial iban mucho más allá de su naturaleza punk, un género que muchos simplemente imitan (recordemos a Ceremony). Muchísimo guitarreo para un concierto en el que, a lo Iceage, Vasquez y compañía se presentaron como dioses entre las sombras y completaron una actuación arrasadora. 8,5

 

El cierre nocturno del festival fue tan apocalíptico como lo fue la mañana siguiente (día 5); tan apocalíptico como electrónico. Primero porque Sascha Funke se hizo de rogar, pero quien esperó sabía que no iba a defraudar. Y así fue. Una bengala lo recibió con calor y de ahí en adelante se desparramó con ese sonido tan alemán que lo caracteriza, aunque evitó cualquiera de sus temas más emblemáticos. El ambiente estaba caldeado a las cuatro de la madrugada, pero estábamos atrapados. Después de un recorrido por canciones como “We're Your Friends”, “Inspector Norse”, “Time to Pretend”, “Technology” o “Sweet Dreams”, el mantra de “Let it Happen” volvía a sonar con nitidez como himno del festival y, por un instante, yo conseguía olvidar el fatídico incidente.

 

Y entonces, ya por la mañana, “Amanece tan pronto y yo estoy tan solo y no me arrepiento de lo de ayer”, cantan desde la cuesta.

 

Luego ya viene el domingo y lo demás es historia: la realidad produjo en un éxodo masivo que se llevó los colores, el sol y la música para dejar el valle del Coura esperando hasta el año próximo.

Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.

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