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ArcadeFireReflektor  

Arcade Fire

Reflektor

Merge / Universal

6,9

Pop

Albert Fernández

 

De mirarlo de lejos con desdén, a cogerlo con pinzas y manías, hasta llegar a reprimir momentáneas ganas de abrazarlo. El nuevo disco de los archifamosos Arcade Fire ha causado en el mundo de la gente con orejas sensaciones contradictorias, desde los primeros detalles que se dieron a conocer a principios de temporada, con una escucha de avance precaria, una confusa foto promocional saturada de colores o un mural plantado en una célebre esquina de Manhattan primero, más la ostentosa destilación de los nombres (David Bowie, James Murphy) y el formidable vídeo en blanco y negro de Antjon Corbin para “Reflektor” después, hasta el inquietante tráiler del disco que lanzaron en el Festival de Cine de Tribeca, o el post en Youtube con el doble álbum al completo, acompañado de las calidoscópicas visuales del film “Orfeo negro” dirigido por Marcel Camus en 1959.

 

 

Los que nunca perdimos los estribos por ellos, los que jamás adoramos sus singles más engatusadores, no corrimos con micciones incontenibles a primera fila de sus mega-conciertos, ni los despreciamos tanto como para considerarlos música para anuncios, o despotricamos por decreto de “The suburbs” solo porque tocara (aunque aquel disco fuera claramente inferior a sus predecesores); los que nos hemos mantenido siempre amigablemente ajenos a Arcade Fire, tenemos una ventaja: nos puede haber cargado levemente su campaña de marketing, el bombardeo y la jactancia previos a la fecha de lanzamiento, pero, en el momento de empezar a escuchar por primera vez “Reflektor”, nuestros tímpanos amanecen limpios, sin la contaminación del prejuicio, porque aquí hay orejas a las que simplemente les interesa escuchar música.

 

Y puedo jurar que, superadas las fanfarrias y la publicidad masiva, en el gigantesco “Reflektor” hay música. Vaya si hay música. Tal vez demasiada. Mucha cantidad, intermitente calidad: dosis desbordantes de música a menudo mal cortada, y sin llegar nunca a ser pura. El cuarto disco de la banda de Win Butler y Régine Chassagne representa una inusitada invitación al placer y la fiesta, una suerte de carnaval que llega al pueblo tras largas temporadas de letargo y ensoñaciones grandilocuentes. Un desparrame de música que merece ser escuchada y gozada, aunque tal vez debería haberse aparcelado de otra manera.

 

No hace falta ser un genio para tener claro a estas alturas que Arcade Fire han dado ese paso (esta por ver si forzado), el tránsito de la épica rock a la mixtura de sus ángulos pop con tarimas de electrónica y ritmos bailables. En “Reflektor”, los de Montreal cuelgan una bola de espejos delante del parabrisas de su caravana de grandezas, y, dejan que la batuta de James Murphy convierta todas las oleadas de distorsión en acordes accesibles, levitaciones sugerentes, contoneos y canturreos híbridos, donde lo mismo entra esta década que las tres anteriores, y se admiten sonidos de Haití igual que el dub amable, el punk radioformulado, o ese reguetón con el que los chavales encienden los ánimos en todos los vagones de metro del mundo.  

 

Por contradecir una de las más socorridas frases de la profesión, en ”Reflektor” no hay luces y sombras: en ”Reflektor” hay únicamente luces. Si tuviéramos que hacer una concatenación de ‘likes’ resiguiendo su cancionero, está claro que no todos los cortes se llevarían el dedo alzado, y ni siquiera todos los pasajes de cada canción. Tal vez por eso, lo nuevo de Arcade no puede reinar como la obra maestra que tan premeditadamente se concibió debía ser. Se trata de una creación demasiado extensa, sus canciones cargadas de demasiadas inflexiones y recovecos, como para no despertar diversos grados de simpatía o aversión. En sus infinitos tránsitos de luces, el reguero de sonido cambia el espectro, altera filtro y tonos, para dar precisamente reflejos, destellos que alcanzan la más clara luminiscencia en canciones como la diáfana “We exist”, o en la gloria creciente de “Normal person”, cuyos punteos y fraseos cada vez más entusiastas enfatizan en el contagio que debe promover todo single. Lo mismo sucede con “Reflektor”, un single soberbio, que enreda vairos grados de emoción, a través de una melodía tanto más sonriente y comprensible cuanto más se escucha la canción. Ese tema, que inaugura el disco y capitanea el regreso de Arcade Fire, nos invade con la descarga de sus líneas de guitarra, más los ecos de Talking Heads en las tramas de sintetizadores, la irrupción de David Bowie en su deriva final, y las réplicas vocales de Régine Chassagne, que, sin ser voz principal en ninguna canción, armoniza este disco como ningún otro.

 

Algo más allá, “Flashbulb eyes” resulta una ensalada de hip hop y reggae anecdótica y escasa, aunque tiende a molesta, mientras que “Here comes the night time”, aún siendo larga, serviría de perfecto epítome de lo que el disco representa: una aglutinación de inervaciones estilísticas, un estirado intento de gustar por aquí y por allí, un acierto melódico a punto de ser llevado al desastre, una buena canción de pop pervertida a líneas de reguetón y pérdidas de oremus tribales, prácticamente ridículas. A medida que avanzamos del primer disco al segundo, la histeria esquizofrénica y ritmosa parece dar paso a un remanso etéreo e hipnótico, pese a que, entretanto, cuesta comulgar con la lisonjera y tipicona “You already know", y que el pastiche de punk y new wave de “Joan of Arc" se quede a medio camino de algo mejor. En la segunda parte del álbum habitan cortes más solemnes y complejos, como “Awful sound (Oh Eurydice)” o “It’s never over (Oh Orpheus)” , que nos dan verdaderos motivos para creer en la mutación formal de la banda. Por eso extraña aquí la irrupción de “Porno”, que es otra de las que no resulta atractiva al principio por lo facilona que se presenta, y el aire pretendidamente seductor de su línea de sintetizadores y las chispas rítmicas que la pautan. Pasa que, como si se le añadiera vaselina a cada escucha, su ambientación expansiva de teclados, bases y ululaciones entra cada vez mejor, y se nos devuelve a los ochenta, pero esta vez aceptamos el viaje de buen grado; y eso, junto a esa maravilla promueve nostalgias que es “Aterlife” casi nos despediría del disco sonriendo, si no fuera por los desesperantes momentos finales de “Suppersymmetry”.

 

¿Han alcanzado Arcade Fire el altar mitológico por el que tanto suspiran en “Reflektor”? No lo creo, aunque sin duda han edificado un buen camino para alcanzarlo. En su escalada hacia el cielo, se dan los tropiezos de un cancionero con escasa garantía de ilación, y los contratiempos propios de entretenerse más de lo conveniente en la contemplación de algunos neones flotantes que se plantan sobre el horizonte en perspectiva. Letreros luminosos que rezan los nombres de los Beatles, Giorgio Moroder, David Bowie, Kavinsky, Blondie, Devo, Vampire Weekend y, eso sí, con el doble de bombillas y una nube propia para lucir, el ilustre nombre de Daft Punk. Oh, pero qué orgullosos están Win Butler y Régine Chassagne. Esa sí es una familia feliz.

 

 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com