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Coldplay  

Coldplay

Ghost Story

Parlophone / Emi

8

Pop

Antonio Bret

 

Ocurre en ocasiones que, cuando uno comienza a hinchar un globo, se emociona dándole al aire, inflando pulmones y soltando fuelle para que, al final, te explote en toda la cara. Lo ves haciéndose grande, grande, grande y no ves el momento de parar. Piensas que, con suerte, el globo puede seguir así ad eternum, con un coro de niños rodeándote, jaleando cada movimiento del cuerpo esférico... pero no, llegará el momento en que aquello reviente, los niños se lo hagan encima del susto, se vayan todos corriendo y te quedes solo, con la respiración entrecortada, asustado ante la explosión y desconcertado por el hecho de haber sido tan imbécil como para no haber sabido parar a tiempo. No sé si Chris Martin haya sabido parar a tiempo o el hecho de que su mujer durante 11 años, Gwyneth Paltrow, lo haya dejado, sea el detonante para que Coldplay haya echado el freno en su sexto disco de estudio, "Ghost Story", un trabajo marcado ya desde su lánguida, nocturna y misteriosa portada, por los sonidos electrónicos relajados, el susurro lastimero y, en general, todo lo contrario a lo que nos habían acostumbrado en sus dos últimos y excesivos trabajos.

 

"Ghost Story" es el disco de ruptura de Coldplay en todos los sentidos. Parece que hayan querido volver la vista atrás, muy atrás, hasta su disco de debut, "Parachutes" (hace ya 14 años que salió, que no es poco), y mirar un poco hacia dentro con canciones pequeñas y llenas de sensibilidad. No es que antes no la tuvieran. Por dios, si parecía que a Chris Martin le fuese a dar un ictus de cantar en estadios con sus catedrales emotivas apuntaladas por coros grandilocuentes. Pero ahora es otra cosa. Y es algo muy arriesgada echar el freno cuando tienes la gloria ganada con una fórmula que te sabes al dedillo. Ya, solo por eso, hay que darles un voto de confianza. Otra cosa son las canciones: si funcionan, si emocionan –objetivo principal– o si, por el contrario, se han quedado en tierra de nadie y solo sirven como espejo deformado de las anteriores. Me temo que, en este aspecto, es donde se encuentra la verdadera ruptura de la banda con sus fans. No es el disco que nadie esperaba de Coldplay. Quizás, lo más acertado hubiese sido que Chris Martin se hubiese desmarcado con un disco en solitario. Ya saben, es más justificable y más propio de proyectos unipersonales lo íntimo y delicado. Pero ¿para qué? Esto también es Coldplay. Antes te arrancaban la lagrimita con la mueca desencajada y pegando brincos en un estadio y ahora, con "Ghost Story", te la arrancan en tu habitación, a oscuras, mientras en tu cabeza deambula la imagen de esa desgraciada compañera de clase que te acaba de dar calabazas con el tipo que le lleva amargando la vida desde que la conoces. A mí las canciones me valen, me funcionan, me parecen bonitas y nada obvias y, aunque cada cual haya sido producida por su padre y su madre –encontramos desde un irreconocible Timbaland hasta el ubicuo Avicii, sí, el tío con cara de bebé de la EDM–. Coldplay han pretendido tomarse unas vacaciones de tanta histeria y han lanzado el hermano pequeño de su discografía repleto de arreglos un tanto empalagosos y melodías que siempre rozan lo cursi. Pero, joder, que Chris Martin se ha divorciado de Gwyneth Paltrow, que este hombre ha compartido cama con ella durante más de una década. Dejemos que llore como quiera.

 

 

 

Antonio Bret

Nacido hace 36 años en el sur de España, Antonio Bret estudia producción de cine y TV pero se dedica, durante dos años, a contar historias de copleros en “Se llama Copla” de Canal Sur. Cinéfago y heterosexual solo de cintura para abajo, es fan de Lucio Fulci, David Cronenberg, Hayao Miyazaki y Mónica Naranjo. También es adicto a los one hit wonders de los 80 y el porno de los 70. Rechaza la depilación púbica y quiere abrazar, un día, a Phil Collins