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MacDeMarcoSaladDays  

Mac DeMarco

Salad days

Captured Tracks

8,1

Slacker folk

Albert Fernández

 

 

Escuchando a Mac DeMarco los días se aligeran. Sólo por ese cariz delicado y sensitivo, esa caricia que nos dedica, o ese tocamiento que nos deja ver con sus canciones, el artista de Duncan se merece ya toda nuestra simpatía. El tercer álbum del candiense es otro motivo para sacar algo de la nevera y brindar: un disco laxo y bello, soleado y despreocupado, que estremece por su sencillez y candor. “Salad days” es ese mismo chiste musical al que DeMarco nos tiene acostumbrados, una broma mejorada que reconforta y se vuelve adictiva, un repertorio del todo necesario para cualquier picnic.

 

Salvarse con él o caer todos condenados, es así de simple. Si buscas tensión, llama a otra puerta, porque eso no es lo que sirve Vernor Winfield McBriare Smith IV. Su propio pseudónimo, una huida declarada de su pomposo nombre real, herencia del de su abuelo, que fue el ministro de ferrocarriles y telefónos en Alberta en los años 20, da una señal inequívoca de que la inercia natural de este músico es la de buscar la sencillez, aquello inmediato, los puntos de identificación, la sonrisa de quien tiene delante.

 

Por eso la música de DeMarco, incluso cuando remueve venganzas y sentimientos dolorosos, nunca alcanza un tono grave. Al contrario, es ingrávida, animosa incluso ante el dolor. El músico se toma tan poco en serio como para lanzar un desgarbado vídeo de promo del disco donde, tras un saludo vago, casi diríamos que fumado, se pasa a destrozar el single de adelanto del disco, “Passing out days”, que suena grave y ridículo, con las revoluciones bajadas, mientras vemos loops de imágenes feístas iluminadas lisérgicamente, con un rótulo pixelado, fosforito y amorfo impreso sobre la pantalla en todo momento, rezando el título del disco.

 

 

 

 

Desde luego, Mac DeMarco parece un porrero feliz, aunque él siempre afirma no haber tocado nunca el asunto. Sea como sea, su música es un estupefaciente delicioso para nuestros oídos, morfina para el alma hecha de punteos acuosos y fraseos delicados, que van y vienen como un niño sonriente balanceándose a cámara lenta y en imagen pixelada sobre un columpio.

 

Aunque en sus últimos compases se desata hacia terrenos de experimentación psicodélica y matices electrónicos,Salad days” no es muy diferente a los dos discos que le lanzaron a la palestra desde el sello Captured Tracks: “2” y “Rock and rol l night club”, dos cancioneros formidables que el canadiense quiso hacer sonar con apenas unos meses de diferencia en 2012. La premisa principal sigue siendo orbitar por melodías algodonosas, bamboleos que se resuelven sobre coros bien rellenos y cubiertos de capas, contrastados con punteos y acordes agudos que acaben de conceder ese carisma imbatible al asunto.

 

La canción que da título al disco es también su primer corte, una canción blanda y lisonjera que nos tiene conquistados en menos de 30 segundos, entre versos teatrales y coros gamberretes.

 

“Blue boy” nos sigue encantando con sus punteos agudos y su mofa descarada para los que se preocupan demasiado por la estética, o la estética de sus estados de ánimo. Los rasgueos más afilados y agudos de “Brother” poseen un magnetismo imbatible, y derivan en una cola de sonido que da los primeros atisbos de extrañamiento y experimentación del disco.

 

“Let her go” es otra melodía suelta, donde la voz en efecto parece estar yéndose cada vez que acaba de pronunciar, y los punteos de guitarra remarcan cada giro emotivo. Todo en este disco va directo al grano, y eso se agradece tanto…

 

“Goodbye weekend” no puedo dejar de ser otra de nuestras favoritas, aunque su contoneo nos recuerde a tantos otros, el fraseo reverberante de su estribillo nos estremece y nos lleva a perdernos en pensamientos. La grandilocuencia de teclados y atmósferas de “Passing out pieces”  nos hace pensar en justo lo contrario de aquella deformación que suena en el vídeo de promo: en una canción trascendente, entregada a los sonidos gruesos, un leve atisbo de gravedad.

  

En la segunda parte del disco, en cortes como la maravillosa “Chamber of reflection”, el artista se entrega a nuevos umbrales de psicodelia electrónica, con sintetizadores marcando las emociones destempladas de la misma manera que antes lo hacían las cuerdas. Toda esa maraña lisérgica se resuelve en la despedida instrumental de “Jonny’s odissey”, una perla que nos inunda con un perfecto efecto de flotabilidad, como para acabar volando y rebotando por los cielos.

 

Mac DeMarco es un hipster, un niñato sin dientes que parece llevarse bien con su fama de institutero desgarbado. O simplemente no le importa. Con todo, si me cruzo algún día con él, le pienso invitar a tomar algo, porque no me puede caer mejor.

 

Por el bien de todos, espero que no despierte nunca, que siga en las nubes, desparramando su sonido colegial, naif y alucinado por vinilos y conciertos. Porque sus melodías reconfortan el alma. En los días en que todo duele, DeMarco puede ser el mejor analgésico. 

 

 

 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com