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Pearl Jam

Bendita crisis de los cincuenta

 

Milo J Krmpotic'

 

Celebrar (o padecer) los números redondos no deja de resultar una arbitrariedad pero, como con toda convención, cuesta un mundo escapar a su peso psicológico. En lo que a Pearl Jam respecta, una vez sopladas las veinte velitas de su trayectoria como banda, con sus cinco miembros originales en torno a la cincuentena, su décimo álbum de estudio se nos aparece como un ejercicio de aceptación capaz de derribar viejas autolimitaciones. “Lightning bolt” (Monkeywrench / Universal, 2013), en su mezcla de melancolía y efervescencia, es posiblemente el gran disco de rock masivo de este 2013.

 

Escribo de memoria, así que perdónenme si yerro en algún detalle: sucede en una de las entrevistas de “Pearl Jam Twenty”, el documental que Cameron Crowe dedicó a los de Seattle con motivo de su vigésimo aniversario, que Jeff Ament (¿o se trataba de Stone Gossard?) debe bajar al sótano de su casa y remover cajas de cartón a fin de recuperar sus recuerdos de los tiempos de “Ten”, una época que cualquier fan calificaría sin dudarlo como la más atractiva, excitante y novedosa en la historia de la banda. Fuera por la incapacidad para digerir el éxito mundial de aquellos primeros años, por la reedición de la dicotomía Beatles-Stones que los enfrentó a Nirvana (y que el suicidio de Kurt Cobain saldó falsamente a favor de los segundos, en flagrante confusión de los conceptos de honestidad y enfermedad mental) o por episodios más puntuales pero no por ello menos traumáticos (el enfrentamiento con Ticketmaster, la tragedia de 2000 en Roskilde…), Eddie Vedder y compañía han pasado demasiado tiempo un par de centímetros por encima de sí mismos, casi tan preocupados por el modo en que transmitían sus canciones como por el hecho mismo de transmitirlas, en una actitud “súper-egoica” cercana también a la esquizofrenia, tratándose de un grupo que siempre ha hecho bandera de la sinceridad (de ahí, sin ir más lejos, la fama de su directo, que tanto contribuyó a mantenerlos en primera línea sin importar lo “menor” que pudiera resultar el disco de turno).

 

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Hace ahora cuatro años, no obstante, con “Backspacer” (su trabajo homónimo de 2006 estuvo aún demasiado politizado y, no lo olvidemos, fue el último a cobijo de una multinacional), comenzamos a asistir a una suerte de deshielo. Pearl Jam vuelven a divertirse”, fue el mensaje, corroborado a continuación por el concierto-documental “Immagine in Cornice” y, no mucho tiempo después, por la metáfora inherente al episodio con que abríamos estas líneas: la banda desempaquetando sus recuerdos, haciendo por fin las paces con su pasado. Ejercicio de liberación que, llegado “Lightning bolt”, les ha permitido asentarse en un presente francamente estimable: han grabado el álbum que han querido, como han querido y cuando han tenido algo que decir. Y ese algo, tan íntimo y personal como el oxímoron propio de la mediana edad (esto es, el período en que comenzamos a intuir la sombra de la muerte mientras nos hallamos rodeados por las luces vitales de la paternidad), se ha beneficiado muy mucho de la franqueza por la que ha pasado a regirse su líder, quien en declaraciones a Rolling Stone admitía recientemente: “[He abierto una puerta al] Sentimentalismo. Pasé años buscando juegos de palabras y expresando esas emociones de un modo que resultara críptico, para que Mark Arm de Mudhoney mantuviera un mínimo de respeto por mí. Pero ahora mismo se trata tan solo de sentarse a escribir una canción, y lo que deba salir saldrá”.

 

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Lo que ha salido, cabe insistir, es una obra fascinante, menos compacta en lo musical que en lo temático (Pearl Jam lleva tiempo rigiéndose de forma democrática y la disparidad de intereses en su seno es conocida y reconocida), pero capaz de retomar los hallazgos de su última década para elevarlos al desprejuiciado, sabiamente espontáneo y elocuente dramatismo de sus inicios. Es punta de lanza de esta tendencia “Sirens”, el tema que precisamente motivaba la admisión de culpa por parte de Vedder ante Rolling Stone, una balada épica tan reprochable desde el purismo como irrenunciable a poco que se tenga algo de sangre en las venas (guitar solo de Mike McCready incluido). Pero los motivos de gozo son variados y apuntan también a los 1990. ¿O acaso nos va a importar, a estas alturas, que “Mind your manners” remede “Spin the black circle” (más una intro a lo Soundgarden), que “My father’s son” y “Let the records play” parezcan picotear de su etapa como banda de acompañamiento de Neil Young o que “Sleeping by myself” y “Yellow moon” sumen un “Yellow ledbetter”? Veintidós años después, quien no sea fan de Pearl Jam ya difícilmente lo será. Y el resto, bueno, el resto sabemos bien lo que tenemos entre manos: un relampagueante puñado de buenas canciones, un disco que contribuye a poner las cosas en su sitio, una experiencia sencillamente especial. Y esto, con o sin crisis de la mediana edad, ya no hay sótano ni cajas que lo contengan.

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com