Menu

cobain1

Kurt Cobain

"Hello, hello, hello... how low?"

 

Milo J. Krmpotic' / Ilustración de Matylda Zawadzka

 

Todo es mera cuestión de tiempo. Lo que se fue, regresa. Lo que resultó original, tarde o temprano acaba por repetirse. Y nosotros, claro está, nos mantenemos aferrados a lo que nuestra pobre percepción de esa dimensión interpreta como una recta, la distancia más corta entre el aquí y el allí, desde la cuna (o cualquiera de los lechos que le siguen) hasta la tumba. ¿Es mejor arder antes que apagarse lentamente? Lo ignoro, pero sí tiendo a ver como mala cosa que uno tenga tan presente el apagón a la tierna edad de 27 años.

 

Claro que los 27 no tienen por qué sentirse como 27. Porque el futuro nos podrá estar vedado, pero el pasado insiste en mostrarse recurrente. Y, a poco que repasemos la biografía de Kurt Donald Cobain, constataremos que su depresión final y suicida encuentra reflejos en el trastorno hiperactivo de los 7, en el retraimiento causado por el divorcio de sus padres a los 8, en los tics maníacos-depresivos experimentados a partir de los 11, en la búsqueda del bienestar artificial de la heroína a los 18 y sucesivos... Kurt Cobain no eligió arder antes que apagarse lentamente: a los 27, Kurt Cobain estaba ya quemado.

 

Así que todo es mera cuestión de tiempo. Una dimensión donde, pese a la pobreza de nuestra percepción, somos capaces de captar ciertos guiños. Y hablamos entonces de ciclos. De circunstancias que se repiten, de patrones. Tomemos, por ejemplo, un fenómeno relativamente reciente en términos históricos: la música pop. Allí, si el mainstream de los 1960 y 1980 estuvo protagonizado por nombres aparentemente destinados a ocupar tal categoría, preparados para asumir el estrellato, los 1970 y 1990 testimoniaron el encumbramiento de corrientes nacidas a la contra, inicialmente subterráneas, esgrimidas por artistas que comenzaron celebrando su inesperado éxito, pues a nadie le amarga un dulce, pero que pronto se descubrieron incapaces de lidiar con la realidad del fenómeno, mucho más exigente que cualquier fantasía adolescente, y que en consecuencia acabaron viéndose aplastados por él.

 

cobain2

 

Cabe intuir que la voluntad de aquellos tres chavales que dieron en llamarse Nirvana no era más que tocar alto, tocar rápido y tocar fuerte; divertirse con los amigos, conseguir chicas y, en el caso particular de Cobain, escapar a la sombra de su vida familiar, prolongada en su condición de sin techo, de tipo que lo mismo dormía bajo un puente que en el puntualmente acogedor sofá de algún conocido. Sucedió que además eran buenos, muy buenos. Sucedió que su espíritu rabioso confluyó con el de la marea, que los tiempos eran proclives a un líder de carácter introvertido (valga el oxímoron). Y sucedió que la industria musical, siempre hambrienta y siempre feroz, se lanzó a exprimir sus virtudes.

 

Ahí, un nuevo foco de crisis. Rechazado por su madre, malinterpretado y atosigado por su padre, aquejado de males que nadie se molestó en diagnosticar, a Kurt Cobain sólo le quedaba su sinceridad, una virtud con pésimas relaciones públicas, víctima de muy notables abusos, pero que brotaba a borbotones de turbia belleza desde las seis cuerdas de su guitarra zurda y las cuatro cuerdas de su garganta rota. Y, de repente, esa sinceridad sustentaba una fama mundial. Y, por sistema, cualquier forma de fama, mucho más la de corte mundial, tiende a atentar contra cualidades tan primigenias, inocentes y escasamente afectadas como la sinceridad.

 

Cuando Cobain o alguno de sus secuaces atacaban a Metallica o Guns n’Roses, los popes del momento, lo que estaban diciendo es “no somos como vosotros”. Y lo que de verdad querían decir es “no queremos acabar siendo vosotros”; esto es, profesionales que, a fuerza de hábito y presencia, parecían transitar menos la música que el negocio. Durante su primera gira europea, cuando "Bleach", allá por 1989, Kurt Cobain había mantenido la costumbre de romper su guitarra al final de cada actuación. Puesto que no tenía dinero (ni, a menudo, contactos o conocimiento de la ciudad de turno) para comprar una nueva, pasaba el día siguiente arreglando el instrumento roto, cambiándole el mástil si había suerte, dándole una capa de pintura que disimulara el estropicio. Todo por no renunciar a lo que entendía como la verdad del directo, la interpretación como forma de expresión ajena a cualquier cálculo: instintiva, irracional, arrebatadora.

 

cobain3

 

En el período que va de 1991 a 1994, de “Nevermind” a “In Utero”, su sentido del punk trascendió lo musical, se envolvió en un manto de radicalización donde “Polly”, la historia de una violación, se transforma en “Rape Me”, ejercicio de provocación apelativa que no deja de denotar una rendición, una extrema fragilidad propia. Del mismo modo, su sonrisa buscó con mayor frecuencia la protección del distanciamiento irónico (lo mismo que su vestuario permanecía compuesto por los jerséis de sus noches al raso: el grunge como signo de autenticidad). Y el desprecio anteriormente proyectado sobre otros pasó a apuntar, directa e inevitablemente, contra sí mismo. En las semanas que precedieron a su muerte, Cobain mantuvo diversas conversaciones telefónicas con Michael Stipe. Hablaban de un proyecto conjunto, pero se percibe también, sobre todo, una búsqueda implícita de conocimiento, de aprendizaje: R.E.M., surgidos de la independencia, habían sobrevivido al éxito masivo sin renunciar a su integridad. ¿Cómo?

 

Todo es mera cuestión de tiempo. Como ciertos linajes se ven recurrentemente afectados por la desgracia externa, hay familias que parecen vivir a la espera del siguiente estallido suicida, pues llevan ese mal en la sangre, si no en la memoria, cual augurio dispuesto a cumplirse en sí mismo. Burle Cobain, tío abuelo de Kurt, se disparó en el abdomen y murió. Kenneth Cobain, hermano del anterior, se disparó en la cabeza y murió. Como por heridas autoinfligidas había fallecido su bisabuelo O’Connor, otro ejemplo del estigma, en este caso por línea materna. Y Kurt, con sus dolores estomacales, con sus bronquitis y sus laringitis, con sus adicciones y su sobredosis de Rohypnol en un hotel romano… por no buscar ecos devastadores entre el divorcio de sus padres y los problemas de su matrimonio con Courtney Love. ¿Acaso es mejor dejar a una niña huérfana que someterla al desencuentro eterno entre sus progenitores? ¿Y desde cuándo le exigimos sentido común a la enfermedad?

 

La única pregunta posible, y soy consciente de que hablo desde el beneficio de la perspectiva y del conocimiento del hecho consumado, era cuándo. La respuesta reza 5 de abril de 1994. Veinte años después, este texto gira en torno a esa fecha: lo que fue, regresa. Nuestra cultura prima los finales, pretende extraer sentido a las circunstancias en que dejamos este mundo, no así al modo en que llegamos a él. Pero no ha sido tal la voluntad de este texto, deseoso de traducir modestamente el tiempo de Kurt Cobain como un todo plagado de aristas, de entrelazar sus episodios, de auscultarlos amplificados por la caja de resonancia conmemorativa. El disco gira, la llama arde en lo que nuestra pobre percepción y aún más dañado sentido lírico querrán entender en términos de eternidad. Fue una bella tragedia, fue un amargo relato épico. Lo que regresa es. Sigue siendo. Bendito maldito tiempo.  

 

cobain4

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com