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Dalekología

8,9

 

Javier Calvo

 

No es ningún secreto que a Steven Moffat no le gustan demasiado los Daleks. O bueno, probablemente sí le gustan; a fin de cuentas, a quién no le gustan los Daleks, uno de los inventos más pintorescos, divertidos y horripilantes de la historia de la ciencia ficción. Sin embargo, su reticencia a usarlos en la serie en los últimos años es más que comprensible. En entrevista a Radio Times en 2011, poco después de convertirse en el productor ejecutivo de la serie, Moffat aseguró que los Daleks “no iban a aparecer en la serie durante una temporada. Hemos pensado que es hora de darles un descanso”. El problema de los Daleks, contaba, era que “habían sido derrotado unas cuatrocientas veces. Son los adversarios más famosos del Doctor y también los más frecuentes, lo cual quiere decir que son los enemigos más consistentemente derrotables del universo”.

 

Y, la verdad, no le falta razón. Los Daleks tuvieron su era dorada durante la primera época de la serie, los años 60 y principios de los 70, los tiempos de Hartnell, Troughton y Pertwee, cuando sus pavorosas voces de stacatto electrónico y sus cuerpos de pimentero tuneado se movían a sus anchas por los escenarios de cartón piedra, provocando pesadillas y lipotimias a los niños y abuelitas que los veían a través de la nieve de sus televisores en blanco y negro. Sn embargo, la serie evolucionó. La televisión misma estaba evolucionando deprisa, y en 1975, cuando “Doctor Who” ya se había sofisticado bastante a todos los niveles, el fabuloso equipo formado por el productor Terrance Dicks, el guionista Terry Nation y el actor Tom Baker decidió reinventar a los Daleks para la televisión moderna con el apocalíptico serial “Genesis of the Daleks”.

 

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“Genesis of the Daleks” es un oscurísimo relato ambientado en la Guerra Civil de Skaro, un sombrío planeta radiactivo que provoca pavorosas mutaciones, con resonancias distópicas y antibelicistas. Se trata de una de las cumbres de la Historia de la serie, y uno de los primeros seriales que siempre recomiendo ver a cualquier no iniciado. En él, Nation reescribe por completo la historia de los Daleks, convirtiéndolos en soldados trágicamente mutados por el científico loco Davros, que se ha transformado también a sí mismo en un pavoroso mutante tecno-orgánico. Paradójicamente, esta alucinante historia supuso el inicio de la decadencia de los Daleks, que en sus escasas apariciones posteriores cederían todo el protagonista al malvado Davros, convertido en un archienemigo más del Doctor, enconado en destruir toda la vida del universo.

 

Como es comprensible, en la Inglaterra del punk, los disturbios sociales y el ascenso de Thatcher, los Daleks ya no provocaban pesadillas. Se habían convertido en viejas y entrañables cafeteras, apelaciones a la nostalgia generacional, a unos tiempos más ingenuos de la televisión, lo contrario al villano de una serie de terror. El propio Nation hizo regresar al Doctor a Skaro cuatro años más tarde en “Destiny of the Daleks”, pero su tratamiento abiertamente cómico de los Daleks ya reflejaba la incapacidad de la serie para seguir usándolos como en el pasado (además del hecho de que el guión fue reescrito por Douglas Adams, el creador del Autoestopista galáctico). Los Daleks regresarían, pero ya solamente como revival, resurrección, remembranza.

 

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Davros todavía fue capturado, criogenizado y descongelado un par de veces más, pero a partir de los 80 los Daleks ya se habían convertido en un auto-homenaje. El único serial en que Peter Davison se enfrentó a ellos, por ejemplo, solamente se produjo porque Davison se negó a abandonar la serie sin al menos haber luchado una vez contra los Daleks. Su destrucción “definitiva” tuvo lugar en 1988, en el magnífico serial “Remembrance of the Daleks”, escrito por Ben Aaronovich (el que sería autor muchos años después de la saga de novelas policiales paranormales “Rivers of London”). Aaronovich les dio a las viejas cafeteras una salida digna, en un episodio trufado de referencias al pasado, parcialmente ambientado en la escuela Coal Hill de Shoreditch, escenario del primer serial de la serie entera. Cuando todos los Daleks y Davros morían al finaL, no solamente era un momento emotivo. También era un alivio.

 

Y ahí se acabó la Historia… De momento.

 

No me parece descabellado decir que a Russell T. Davies, productor y jefe de guionistas de la serie entre su relanzamiento en 2005 y 2010, se le fue la mano con los Daleks. La nueva serie partía de la premisa de la extinción de los Daleks y los Señores del Tiempo en la Guerra Temporal, el conflicto final que acabó con ambas facciones sin dejar supervivientes. La premisa era buena, pero no duró ni media docena de episodios. En el episodio 6 de la primera temporada (“Dalek”) se encontraban al primer Dalek superviviente de la extinción, nada menos que en un museo donde había estado cincuenta años olvidado. El episodio sentó la base de lo que Davies quería hacer con los Daleks. Su proyecto se basaba en parte en deconstruir el mismo concepto de Dalek. En la serie clásica, la mutación de los Daleks había eliminado todas sus emociones salvo el odio, que funcionaba como fuerza motriz única, al servicio del exterminio de toda forma de vida no-Dalek. Davies, inteligentemente, decidió introducirse en la psicología del Dalek, algo que no se había hecho prácticamente hasta entonces.

 

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“Dalek” alcanzaba una conclusión inaudita: tras absorber ADN de Rose Tyler, la compañera del Doctor, el pobre Dalek superviviente contaminaba con humanidad su mente asesina, lo cual le hacía incapaz de matar a Rose, y finalmente, atormentado por su conflicto interior, se suicidaba. El episodio fue un éxito tan grande, tanto a nivel crítico (fue nominado para un Hugo) como a nivel comercial, que Davies ya no pudo parar.

 

Primero hizo regresar al Emperador Dalek, que al parecer había eludido la extinción escondiéndose en el vórtice temporal y había regenerado a la especie entera con ADN humano. Christopher Eccleston los destruyó al final de la temporada de 2005, en “The Parting of the Ways”. Pero Davies, cuya filosofía al timón de la serie siempre fue “hazlo más grande”, no pensaba quedarse allí. Un año más tarde, en el episodio “Doomsday”, hizo regresar a los Daleks para enfrentarlos en la épica batalla de Canary Wharf con los Cybermen, la otra especie archienemiga del doctor (el propio Terry Nation se había negado a hacer esto en los 70, advirtiendo de que la idea era descabellada). Esta vez los Daleks estaban comandados por el Culto de Skaro, unos Daleks evolucionados, con nombres y apellidos, que también habían sobrevivido milagrosamente a la extinción. A continuación, el Culto de Skaro se puso a hibridar Daleks con humanos (“Daleks in Manhattan”/”Evolution of the Daleks”), antes de que los destruyera con gran simpatía David Tennant. El último episodio Dalek de la era Davies (“Stolen Earth”/”Journey’s End”), concebido como macroevento con personajes de distintas épocas de la serie, resucitaba al Dalek Supremo, al Dalek Caan del Culto de Skaro, al propio Davros y a quien hiciera falta. Para entonces, la historia era tan complicada que hasta costaba de seguir. El episodio tuvo bastante mala crítica, y no era para menos. Davies se había puesto a sí mismo en un callejón sin salida. Cada episodio era un macroevento cósmico, cada batalla era más grande. El efecto acabó siendo el contrario. Enfrentados con el asombro continuo, los espectadores empezaban a dejar de asombrarse.

 

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Y así llegamos a la era Moffat.

 

Mucho más cauteloso, Moffat ha usado a los Daleks únicamente en tres ocasiones. “Victory of the Daleks” (2010), escrito por su amigo Mark Gatiss, es un episodio mucho más “pequeño” que sus precedentes, que rescataba con inteligencia la analogía entre Daleks y nazis que había inspirado originalmente a Terry Nation. El fabuloso “Asylum of the Daleks” (2012), escrito por el propio Moffat, ahondaba en la disección psicológica (o psicopatológica) de los Daleks iniciada por Davies de forma brillante, investigando esta vez el rol del Doctor en la psique colectiva de los Daleks, donde constituía una figura mitológica temible, capaz de arrastrar a muchos de ellos hasta la locura, la hipertrofia insostenible del odio.

 

“Into the Dalek”, la segunda incursión de Moffat como guionista en la mitología de los Daleks, es igual de fascinante que “Asylum”. Su premisa es diabólicamente ingeniosa: en el Aristotle, una estación espacial de la resistencia anti-Dalek escondida en el cinturón de asteroides, el Doctor visita a Rusty, un Dalek averiado que los rebeldes han encontrado flotando en el espacio. Como resultado de su avería, el Dalek se ha vuelto “bueno”, o eso parece, dado que quiere destruir a los Daleks. Asombrado, el Doctor se compromete a dejarse miniaturizar junto con Clara Oswald y una patrulla de rebeldes para meterse dentro del cuerpo mecánico del Dalek y reparar su avería.

Doctor: “Un Dalek tan dañado que se ha vuelto bueno. La moralidad como avería”.

Clara: “¿Y qué hacemos con un Dalek moral?”

Doctor: “Nos metemos en su cabeza”.

 

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Y aquí arranca el desdoblamiento entre el viaje literal y el metafórico. Por un lado, el viaje a la cabeza de Rusty es espectacularmente literal, concebido como homenaje tongue-in-cheek al clásico “Viaje alucinante” (Capaldi define la idea de la miniaturización para introducirse en el cuerpo del herido como “una idea alucinante para una película, terrible para un proctólogo”). El trayecto por las diferentes secciones del cuerpo del Dalek sienta las bases para un episodio 100% de acción, la antítesis del mucho más discursivo y pausado “Deep Breath”. También funciona como fabuloso muestrario de todo el nuevo arsenal de efectos especiales y técnicas digitales de que dispone hoy en día la serie: fabuloso el paso del Doctor y su equipo por el legendario apéndice ocular del Dalek, y es que ya quedan lejos los tiempos en que “Who” era “cutre”. Desde el reboot de la serie en 2005, el avance de los efectos especiales ha ido convirtiendo a los Daleks en seres cada vez más espectaculares y sofisticados, dotados de mayor movilidad y potencia de fuego, y provistos de variaciones cada vez más molonas del diseño clásico. En esta octava temporada, los FX de “Doctor Who”ya son dignos de cualquier producción cinematográfica de presupuesto medio, que es algo que al whovian de toda la vida, francamente, le cuesta un poco acostumbrarse.

 

Por otro lado, el viaje será metafórico: una nueva incursión en la psicopatología del Dalek, un adentramiento en su conciencia enferma. “Estoy dentro de un Dalek, estoy donde no he estado nunca”, dice el Doctor, reincidiendo en la ambigüedad semántica. Tras entrar por el apéndice ocular, el equipo de nano-cirujanos pasa por la bóveda cortical, lucha contra los robo-anticuerpos del Dalek, pasa por su centro de residuos y por fin llega a la célula energética, donde el Doctor repara la avería con su destornillador sónico y, previsiblemente, desencadena que Rusty, curado de su avería, se vuelva nuevamente un Dalek normal. Con lo cual el Doctor, Clara y los rebeldes se ven atrapados dentro de un Dalek malvado que está atrapado dentro de una nave que está atrapada bajo el ataque de la flota imperial Dalek. Hasta para una serie famosa por sus tramas laberínticas, esto es rizar el rizo.

 

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Después de cuarenta minutos de combates –dentro y fuera de Rusty– llega la conclusión moral del episodio. El Doctor tiene que vencer su furia por haberse dejado atrapar dentro del Dalek (“Los daleks no se vuelven buenos. No es más que radiación que afecta a su química cerebral, no existe el milagro. (…) Los Daleks son malvados, de forma irreversible”) y convertirse en un verdadero doctor: alguien que cura, no alguien que destruye. Tal como le dice a Rusty: “Hace muchos años, cuando empecé, solamente me estaba escapando. Me hice llamar el Doctor, pero no era más que un nombre. Luego fui a Skaro. Y os conocí, y entendí quién era yo. El Doctor no era los Dalek”.

 

A fin de ser algo más que un nombre, el Doctor debe no ser un Dalek, es decir, vencer su propio odio. Y para eso debe aceptar que, aunque la avería de Rusty fuera accidental, también le permitió expandir su conciencia, “plantearse las cosas más allá de sus términos naturales de referencia”. Y eso quiere decir que, a pesar de las convicciones que han sustentado al Doctor desde la época de William Hartnell, es posible un Dalek bueno. La inesperada conclusión del episodio marcará posiblemente un giro a una versión mucho más oscura de la serie y de su protagonista de lo que estamos acostumbrados hasta ahora. Incapaz de curar al Dalek, un desolado Capaldi se lamenta de haber fracasado en su intento de conseguir a un Dalek bueno. Y entonces, en un momento escalofriante, Rusty le suelta: “I am not a good Dalek. You are a good Dalek”.

 

Y lo dejo sin traducir para respetar la ambigüedad fundamental de la declaración. “Yo no soy un Dalek bueno –dice Rusty–. Tú eres un dalek bueno / un buen dalek”. Es decir, que su afirmación se puede interpretar como “la versión bondadosa de un Dalek”, pero también “un buen Dalek” en el sentido de un Dalek eficiente, uno que ha sublimado su ética del odio.

 

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Para cuando llega esta declaración, sin embargo, ya estamos completamente rendidos ante otro de esos episodios destinados a convertirse en clásicos de la serie, una auténtica pieza crucial dentro de la Dalekología que los guionistas de “Doctor Who” llevan medio siglo escribiendo. Wheatley subvierte una y otra vez los parámetros de la televisión, mimando a Capaldi, añadiéndole filtros de color emocionales, dedicándole planos dramáticamente gélidos y planificando secuencias como la entrada en el apéndice ocular, que imita el avance por el vórtice temporal de los créditos de la serie, un paso entre dos estados de conciencia. Capaldi ya ha cambiado en su interpretación casi todos los rasgos de humor de “Deep Breath” por mordacidad huraña, mezclada con una extraña fragilidad, y en lo personal solamente me puedo quejar de su lamentable traje post-Vivianne Westwood, que, en vez de suministrarle gravedad sombría, a menudo le da bastante pinta de panoli. Estoy bastante convencido de que, si vivimos diez o veinte años más, nos moriremos más de la risa de este traje que de todas las camisas de chorreras estilo Austin Powers de John Pertwee.

 

Las tramas secundarias están bastante en segundo plano en “Into the Dalek”, pero ninguna molesta demasiado. Zawe Ashton (“Misfits”, “Fresh Meat”) está magnífica en el papel no demasiado agradecido de la soldado Journey Blue, un verdadero descubrimiento. Michael Smiley, uno de los grandes atractivos de este episodio, está tristemente desaprovechado en el papel del coronel Blue, a pesar de que sus colaboraciones previas con Wheatley hacían esperar mucho más. Lo mismo se puede decir de Ben Crompton, una cara conocida a estas alturas por los seguidores de “Game of Thrones”. Jenna Coleman tiene un episodio bastante más lucido que el anterior, alternando entre una trama romántica en su nuevo entorno laboral, la escuela Coal Hill de “An Unearthly Child”, y el interesante enfrentamiento de caracteres que su personaje tiene con el de Capaldi. Es Clara quien le imparte la lección de la semana al Doctor, doblegando sus prejuicios.

 

Los Daleks han vuelto a la serie, sí, una vez más. La versión de ellos que nos ofrece Steven Moffat me parece tal vez la más sobria e interesante de las que hemos conocido en las últimas décadas. Bajo su batuta, más que una serie de juguetes caducos y nostálgicos, a ratos todavía da la impresión de que son monstruos insondables que pueden llenarnos de sorpresas y de miedo.

 

Javier Calvo

Javier Calvo es novelista y traductor literario residente en Barcelona. Entre sus novelas están "El jardín colgante" (Seix Barral, 2012), "Corona de Flores" (Mondadori, 2010) y "Mundo maravilloso" (Mondadori, 2007).

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