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Doctor Who 8x01

Todas las partes cambiadas

9,1

 

Javier Calvo

 

“Ya estamos otra vez”, dice Madame Vastra a los cinco minutos de “Deep Breath”, después de que Peter Capaldi haga su salida estelar al final de su primer trayecto en la TARDIS, se ponga a delirar como todo buen Doctor en sus primeros minutos y se desplome inconsciente tal y como dicta la tradición. Y la frase resume bastante bien la situación. 51 años después, trece protagonistas, 34 temporadas y varias generaciones de espectadores después, el Doctor vuelve una vez más, y más grande que nunca. Convertido en fenómeno de masas global y con el público americano finalmente rendido a sus pies. Y la razón de que la serie no solamente consiga mantener su culto después de medio siglo, sino seguir creciendo sin parar, es pasmosamente simple: la Regeneración. La misma espada de Damocles que amenazó la continuidad de la serie en sus orígenes y que con el paso de las décadas ha sido sabiamente convertida por productores y guionistas en uno de sus principales atractivos.

 

La Regeneración en “Doctor Who” tiene hoy en día un marcado componente de fiesta global del whovianismo, acompañada de giras mundiales de los actores, despliegue mediático, especulaciones y emoción mezclada con esa nostalgia por la etapa que se cierra que constituye uno de los rasgos más característicos de la serie. Asimismo, el ritual periódico del cambio de Doctor viene marcado por el Episodio de Regeneración, uno de los momentos más entrañables y excitantes que la serie ofrece al espectador. Y en “Deep Breath”, Steven Moffat, convertido ya en padrino absoluto del asunto (es su octava temporada como guionista y cuarta como jefe de guionistas), efectúa una fascinante vuelta de tuerca sobre las premisas del Episodio de Regeneración.

 

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“Deep Breath” va bastante más allá en el nivel narrativo y en el temático que los Episodios de Regeneración inmediatamente anteriores, el notable “The Christmas Invasion” de Russell Davies y el fabuloso “The Eleventh Hour” del propio Moffat. Concebido como macro-espectáculo televisivo, escrito por el guionista más cotizado de la televisión británica y dirigido por el mejor director de cine actual de las Islas, “Deep Breath” es una preciosa, compleja y lúcida historia sobre el viaje, el desarraigo, la soledad y la pérdida del propio pasado. Pocos episodios han explorado tan profundamente la naturaleza del Doctor en solamente 70 minutos. Convertida en metáfora del desarraigo y la alienación, la Regeneración es usada en “Deep Breath” como símbolo y experiencia central del viaje del Doctor. Al mismo tiempo, es una representación del cambio y el envejecimiento que nos van matando a todos lentamente.

 

Nadie escatima recursos. Moffat no vacila en escribir escenas de diálogo de una longitud inédita en televisión. Wheatley aporta sobriedad en el estilo, su talento inigualable para lo macabro y un puñado de composiciones de plano memorables. “Deep Breath” es “Doctor Who” por todo lo grande, intentando superarse a sí mismo en cada escena y sin plantearse ya ningún techo.

 

El episodio arranca con un dinosaurio paseándose por el Westminster victoriano: una de esas imágenes que marcan épocas de la serie, al estilo de la nave Slitheen estrellándose en el Támesis de “Aliens in London”, la estrella de Navidad de “The Runaway Bride” o el Titanic cayendo sobre la tierra en “Voyage of the Damned”. Pero el lugar es Londres y la era es el Imperio de la Reina Victoria, y eso, en el “Doctor Who” de Steven Moffat, es sinónimo de la Paternoster Gang, la agencia victoriana de detectives compuesta por la espadachina siluriana antropófaga Madame Vastra, su criada y amante Jenny, y el oficial Sontaran parcialmente reformado Strax. La estrategia de Moffat al introducir a estos excéntricos secundarios funciona a la perfección: por un lado, funcionan como caras familiares que refuerzan la continuidad con la etapa pasada; por el otro lado, Madame Vastra y Jenny nos hacen de comentaristas en directo de la Regeneración y sus consecuencias. A lo largo de los últimos tres años, Moffat ha ido haciendo crecer a la Paternoster Gang hasta convertirlos en favoritos del público, y aquí tienen su mejor episodio desde “The Snowmen” (su excursión a Yorkshire de “The Crimson Horror” me parece sensiblemente inferior).

 

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¿Qué hace el Dinosaurio en Westminster? Pues ha viajado en el tiempo tras tragarse accidentalmente a la TARDIS, a la que ahora vomita en la ribera del Támesis. El Doctor recibe atención médica y se levanta de la cama a tiempo de ver cómo el pobre Tiranosaurio explota sin razón aparente. Apenas recuperado de su Regeneración, el Doctor tendrá la ayuda de sus amigos detectives para resolver el misterio de una plaga de combustiones espontáneas que afecta Londres. Un misterioso mensaje en clave en la prensa lo reúne con Clara Oswald en un restaurante italiano, que resulta ser la tapadera de unos autómatas del siglo LI que están recolectando órganos humanos para regenerarse a sí mismos y a su nave: las combustiones espontáneas no eran tales, sino incineraciones destinadas a borrar el rastro de los crímenes de los autómatas, liderados por el espantoso Hombre de la Media Cara, el autómata-en-jefe que se está construyendo un cuerpo humano a partir de pedazos de cadáveres.

 

La aventura, cuyo diseño de producción rinde homenaje explícito a la misma tradición steampunk que en gran medida desciende del propio Doctor Who, está organizada como juego de espejos. Perdido en el Londres Victoriano, el Doctor recién renacido no comprende su entorno ni a la gente que lo rodea (“¿tenéis una habitación especial para no estar despiertos?”, pregunta cuando le explican qué es un dormitorio). Curiosamente, el único con quien puede entenderse es el dinosaurio que ha sido trasplantado en el tiempo igual que él (“¡Ya sabéis que hablo dinosaurio!”, exclama). Postrado en el lecho donde se está recuperando, el Doctor canaliza y traduce los pensamientos de la criatura antediluviana ante Clara Oswald:

“Estoy solo. El mundo que tembló bajo mis pies y los árboles y el cielo han desaparecido, y ahora estoy solo. Solo. Ahora el viento corta y el mundo es gris, y estoy aquí solo. No me puede ver. No me ve”.

 

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Clara entiende la realidad: el Doctor está hablando de sí mismo. El Doctor es un dinosaurio, milenario, extinto y solo. También lo entiende Madame Vastra, que aquí también funciona como reflejo del Doctor (“¡Yo estaba allí!”, exclama cuando le preguntan cómo sabe tanto de dinosaurios). Igual que el Doctor, Madame Vastra va enmascarada para poder existir en un tiempo y un mundo que no son el suyo: “El doctor lleva su cara igual que yo llevo mi velo –le explica a Clara–. Para ser aceptados”. La cara de Matt Smith era un subterfugio para gustar, nos aclara la primera parte de este episodio. En realidad, el Doctor es un viejo. Igual que Vastra. Igual que el Dinosaurio. Y los viejos, todo el mundo lo sabe, son viajeros temporales. Nacieron y crecieron en otra época. Se sienten solos. Permanecen despiertos por las noches.

 

Despertarse con una cara distinta es en muchos sentidos el tropo central de una serie que trata sobre el paso del tiempo, y en “Deep Breath” hay varios pasajes preciosos sobre esa experiencia universal. “¡No miréis ese espejo!”, les advierte el Doctor a sus amigos: “¡Está furioso!”. Y un poco más adelante, mientras intenta acostumbrarse a su nuevo aspecto, le pregunta a alguien: “¿Alguna te has mirado en el espejo y has pensado: ‘Esa  cara ya la he visto antes’?”.

 

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Sin embargo, el juego de espejos central del episodio es el que se establece entre el Doctor y su adversario de este episodio, el siniestro Hombre de la Media Cara. Aquí Moffat vuelve a premiar la fidelidad de los whovians con un guiño y una cita extendida: los autómatas reparadores del Siglo LI, con sus cabezas de relojería, son los mismos que los del episodio “Girl in the Fireplace”, uno de los primeros que escribió Moffat y nominado para un premio Nebula en 2006. (El pobre Doctor, bajo los efectos de su Regeneración, no consigue acordarse de que ya ha luchado contra estas máquinas; el espectador, sí). El Hombre de la Media Cara, sin embargo, ha llevado un paso más allá la recolección de órganos que iniciaron sus compañeros en el episodio de hace ocho años. Ha empezado a “repararse” o “renovarse” a sí mismo con partes humanas, y eso lo ha hecho enloquecer. Se ha humanizado, y el síntoma más alarmante es que ha empezado a buscar el Paraíso, la Tierra Prometida. Necesita un sentido para su vida, para su viaje.

 

En la fabulosa secuencia en la que el Doctor se enfrenta finalmente con el Hombre de la Media Cara, después de escapar de su macabro restaurante-matadero, en uno de los mejores diálogos escritos por Moffat para la serie, el héroe increpa al villano por su obsesión por perdurar, por perpetuarse, por no dejar nunca de correr. Y el clímax de su discurso vuelve a ser un espejo doble:

“Eres una escoba. Pregunta: si coges una escoba y le cambias el mango, y más tarde cambias el cepillo, y haces lo mismo una y otra y otra vez, ¿sigue siendo la misma escoba? (…) Has cambiado todas tus partes, mecánicas y orgánicas, mil veces, ya no queda ni rastro del original. Seguramente ya ni te acuerdas de dónde sacaste esa cara”.

 

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Para dejar clara al gran público la analogía, Capaldi sostiene en alto una bandeja para que el androide se vea la cara: la bandeja los refleja a ambos. La secuencia se apoya en el sólido trabajo interpretativo de ambas partes. El trabajo de maquillaje y efectos especiales que resulta en la cara medio humana y medio androide del villano es sin duda fabuloso, pero lo que da al personaje su pathos trágico es la interpretación llena de melancolía de Peter Ferdinando, habitual de las películas de Wheatley.

 

Capaldi también tiene varios momentos fabulosos. Su Doctor, en este punto de la serie, todavía es una caja de sorpresas. Si desde los primeros episodios, el Décimo Doctor de David Tennant ya se intuía modelado sobre el Quinto de Peter Davison, Peter Capaldi parece estar basándose sobre todo en John Pertwee, aunque algunos de sus momentos de ira remiten directamente a William Hartnell, como el monólogo iracundo sobre los cerebros de pudin que pronuncia de pie sobre la baranda del Támesis. Capaldi brilla en los momentos cómicos, y su acento escocés refuerza una deliciosa vena norteña de inconformismo casi extravagante. Sin embargo, sus mejores momentos surgen en mi opinión cuando se convierte en una figura hosca más al estilo de los tres primeros doctores. La edad de Capaldi parece apoyar esta idea. Con 56 años, es el actor de más edad que ha asumido el papel de entrada: Hartnell lo interpretó entre los 55 y los 58 años de edad, y Pertwee, entre los 51 y los 55. A su lado, Troughton (46-49) y Eccleston (41) parecen jovenzuelos.

 

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También funciona muy bien la reconversión de la relación entre el Doctor y Clara Oswald. Si la severidad de Capaldi parece un alivio al histrionismo de la tradición interpretativa Tom Baker-Eccleston-Matt Smith, también parece que se acaban todos los flirteos de los últimos años entre el Doctor y su compañera. Capaldi y Coleman recuperan en “Deep Breath” una relación mucho más típica del Doctor clásico, basada en enzarzarse y mofarse el uno del otro. (Doctor: “Nunca intentes controlar a una maniática del control”. Clara: “¡Yo no soy una maniática del control”. Doctor: “¡No, señora!”). Y el cambio funciona. En la larga secuencia en que ambos están sentados en el Restaurante de los autómatas, leyendo el menú y discutiendo, emerge una química que yo personalmente no veía desde los tiempos de Tennant y Billie Piper. Jenna Coleman, una actriz con bastante más encanto que tablas, tiene en “Deep Breath” a Moffat sirviendo sus intereses con varias secuencias pensadas para su lucimiento, que ella aprovecha de forma desigual.

 

Tanto el Doctor como Clara Oswald se regeneran en este primer episodio, el primero externamente pero ella en un sentido más interior, a medida que se acostumbra al envejecimiento prematuro de su amigo. El guionista la utiliza como representante de la audiencia, un recurso clásico de la serie, para que veamos la inquietante transformación con sus ojos y su corazón. El hecho de que Clara se vea obligada una y otra vez a contener la respiración para derrotar a los autómatas acaba siendo otra metáfora del proceso de contención y sacrificio que tiene que hacer a lo largo del episodio. Y nosotros, fascinados, estamos con ella.

 

Javier Calvo

Javier Calvo es novelista y traductor literario residente en Barcelona. Entre sus novelas están "El jardín colgante" (Seix Barral, 2012), "Corona de Flores" (Mondadori, 2010) y "Mundo maravilloso" (Mondadori, 2007).

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