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MUTEK 2017 Crónica

09-11/03/2017, Varios Escenarios, Barcelona

 

Brais Suárez y Beto Vidal

Fotos Alba Rupérez

 

Jueves, 9 de marzo

Otra edición del Mutek que no se escapa del brillante sonido que cada año nos regala el auditorio del Institut Français. Esta vez, la escuela oficial francesa fue tomada por un par de terroristas sonoros ­–y teatreros– llamados 1024 Architecture, así como por un espectáculo multimedia tan brillante como bello por parte de los artistas  Michela PelusioGlenn Vervliet. Pero vayamos por partes. El primer round corrió a cargo de "Space Time Helix", la colosal obra que propuso el tándem PelusioVervliet. Un espectáculo de luces de todos los colores que se retorcían en simetrías con formas helicoidales imposibles. Una especie de obelisco futurista que ya querría Plastikman para cualquiera de sus shows. Espectacular. 8

 

 

Tras el empacho geométrico, el colectivo francés 1024 Architecture nos hizo bajar a las cloacas de la realidad en las que vivimos cada uno de nosotros. O dicho de otro modo, nos recordaron el decadente mundo que habitamos, torpedeado por la recesión económica mundial. Su show, último eslabón de la triología “Euphorie-Crise-Recession”, fue el canto del cisne del nihilismo y el sarcasmo más afilado: un viaje de realidad virtual por los desechos del capitalismo mediante un meritorio montaje audiovisual, que por desgracia se vio ligeramente empañado por el tono teatral que le dieron sus autores (micro en mano, se dedicaron a lanzar epitafios sobre nuestro modelo de vida que se está cargando el planeta). 7,5

 

Un par de shows que demostraron, una vez más, la identidad del Mutek: riesgo, experimentación y conceptos artísticos llevados al límite. Bravo por ello. Beto Vidal

 

 

Viernes, 10 de marzo

Minuit no es un grupo ni un DJ ni ningún tipo de formación musical conocida; Minuit es una startup parisina formada por dos ingenieros fascinados por la luz y el sonido. A partir de ahí, imaginen. Su objetivo es conseguir que el público sea devorado por la propia “instalación audiovisual inmersiva”, en la que el humo, el sonido y la iluminación tienen la misma importancia. Ellos mismos la definían en la presentación como una “campaña multivisual que da persistencia a la visión y se adapta al recinto”. Y así, su actuación no comenzó hasta que la sala estuvo humeante como un volcán y los láseres no proyectaban formas sobre las cortinas de vapor que se mezclaban entre el público. Desde la posición marginal que ambos franceses ocupaban en un extremo de la sala, convidaron a los asistentes a mezclarse con esa amalgama apocalíptica que eran los láseres, el humo, los bajos y lo que ellos consideraban su gran aporte: una luz estroboscópica accesible al ojo humano, lo que la volvía si cabe más desconcertante.

De ahí que el público no se atreviera más que a adoptar una actitud de fascinación y asombro similar a la de un parvulario ante un espectáculo de títeres. Sentados de piernas cruzadas o apoyados contra la pared, asistimos a un proceso que fue convirtiendo el sonido machacante en música, acompañado por lo sinuoso de la luz y la concentración de los artistas. Si bien es cierto que sí conseguían la atmósfera que se proponían, también lo es que el público en ningún momento parecía realmente acoplado a su obra. Sin llegar a lograr el efecto hipnotizador que buscaban, Minuit sí fueron capaces de sorprender en un espacio donde la innovación es el objetivo. 7

 

 

Ya en el Nocturne en el Nitsa, tras el paso del residente DJ Fra, el dúo inglés  Demdike Stare llegó con la intención de comerse Apolo mediante una apuesta muy británica, oscilante entre un estilo ravero de los noventa y un dubstep actual todavía más violento. La propuesta visual sucumbió a un torrente de bajos demencial y muy inalcanzable para un público escaso, tranquilo y superado por las circunstancias. La música gozaba por momentos de esa apuesta misteriosa tan palpable en trabajos como “The Age of Innocence”, pero resultó mucho menos experimental y se refugió en unos beats desbocados. Haber replanteado su idea hubiera sido lo más inteligente, pero la línea musical y el ambiente divergieron cada vez más, hasta que el inicio de Vaghe Stelle se convirtió en una necesidad. 5

 

Pues si no querías techno, toma tres tazas. Y, efectivamente, a la tercera va la vencida. El italiano Vache Stelle refinó el sonido y apuntó al estómago del público con unos bajos soberbios y una potencia extrema. Su virtud fue, no obstante, la capacidad de incorporar giros más inesperados, pasajes más asequibles y otras frases que a las tres de la madrugada se acercaron al terreno de lo supraterrenal. 6,5

 

Cuando la productora americana Avalon Emerson entró en escena ya solo quedaban los mejores. Las dos actuaciones previas hicieron la criba y quien todavía sobrevivía era porque estaba dispuesto a que el techno se apoderara de su espíritu. Emerson supo, además, complementarlo con una apuesta visual más acoplada al entorno, que creó un buen ambiente para terminar la velada con más temple. 7 Brais Suárez

 

 

Sábado, 11 de marzo

Llegar a la Fábrica Estrella Damm, bajar a sus catacumbas y encontrarse con la instalación de Light Notes es, como mínimo, una experiencia. Acorralado entre un laberinto de ladrillo, tuberías y silos de cerveza, Javier Álvarez se mecía con soltura a través de su montaje de tubos fluorescentes. A medida que los tocaba, estos otorgaban distintas tonalidades a la sala para, por momentos, transformar sus sonidos industriales en melodías sutiles y desconcertantes. En una actuación que duró horas era imposible no interpretar esta sucesión de sonidos como aleatoria, pero ahí residía en gran medida el efecto que ora hipnotizaba, ora expulsaba a los asistentes hacia las salas superiores. 7

 

La presentación del disco “Too” fue uno de los conciertos más ambient de toda la saga Mutek. De inicio, la estética pixelada de los visuales se extendió a un sonido rugoso por el que los sonidos derivaban sin un rumbo claro, sin definición ni una armonía patentes. Klara Lewis, concentrada, entregada a los sintes, aumentaba con su expresión ausente el halo de misticismo de la Sala Máquinas. Las imágenes de tipo chernobiliano adquirieron pronto el tono acuoso que la música cobraba y solo al final, a través de unos beats desquiciantes, la productora sueca consiguió empatizar con el público. 6,5

 

Otra presentación, en este caso la del disco “Radiations”, retomó la senda techno que había conducido la noche anterior. El espectáculo del dúo alemán Driftmachine siguió una línea mucho más coherente que el de Klara Lewis y arrastró a los espectadores hacia una estética pesada, siderúrgica, acerosa. La velocidad de las imágenes creó un desamparo que se compaginaba con los bajos lentos y rotundos del sonido y, a la vez, puso más de manifiesto la dimensión histérica que cobraba el ambiente. El volumen, más histérico si cabe, fue fundamental para extender la sensación de que un herrero apocalíptico acabase de fraguar nuestros cerebros, que aún se quedaban con ganas de más. 7

 

Solo hubo que esperar media hora a que Aïsha Devi diera razón de ser al Mutek por sí sola. Cumplió todos los requisitos: el componente experimental estuvo latente en toda la actuación a nivel musical y visual, pero su verdadera virtud consistió en conjugarlos de una manera arrolladora para crear una de las atmósferas más perturbadoras del festival. Decía Kevin Parker que cuando consigue que el público se sienta drogado sin estarlo, habrá logrado su objetivo. En esta libanesa-tibetana tiene a toda una maestra. Sumergió a la sala en unos sintes descalabrados que, ausencia de bajos muy marcados, daban la impresión de estar iniciando una ignición al espacio exterior. Los compaginó con sus cantos árabes de voz limada y permitió que la luz entrara en la sala. La confusión alejó en un primer momento al público, pero pronto se apoderó de él como en un trance tribal, como invocando todo lo malo que pudiera haber en sus mentes. Los visuales animistas y repletos de personajes amorfos, las luces lisérgicas, la estética santera de tribus primitivas, el ritmo caníbal y sus contusiones sobre el micrófono recordaban a un exorcismo fallido. Elementos incoherentes, como la claridad o algunas armonías muy delicadas, conseguían enfatizar esta perversión como un mero efecto del contraste. Avemaríapurísima. 9,5

 

 

La noche del sábado volvió a traer una sesión de techno contundente, quizá demasiado contundente para lo que cabría esperar de Mutek. En la línea del viernes, los artistas apostaron todo a una carta. Como quien tira un penalti de puntera, las tres sesiones nocturnas arriesgaron a favor de la fuerza y descuidaron la sutileza. Sí es cierto que no resultó tan violento como el viernes, ya que todo comenzó con una pseudoinstalación de un estilo más ambient para dar paso a Actress. El inglés, Darren J. Cunninghan, era uno de los grandes nombres del festival, llegaba para presentar disco su nuevo disco “Tune”, y, pese a todo, se decantó y supo explotar su versión más abstracta, cuidó los visuales y terminó con una dosis de dubstep sin una transición demasiado cuidada, lo que causó una sensación brusca y desaliñada. 6

 

El islandés Bjarki se dejó de sutilezas y atacó directamente esta senda de beats machacones y trasfondo gutural, aunque sí supo dar tonos de color más luminosos a los sintes y aprovechar su condición de debutante para incrustar quiebros más arriesgados. Así terminó por convertir su actuación en algo inaccesible para un público que estaba totalmente volcado con la estroboscopia. 7

 

Eso sí lo supo aprovechar la rusa Dasha Rush, cuyo show fue el más tradicional y el más efectivo. Avalada por su actuación en el Mutek de Montreal, no cupo la menor duda de su calidad en cuanto la gente, como si la pista se inclinara hacia el escenario, fue acercándose a las pantallas y bafles hasta tener la sensación de que una manada de ñus cabalgaba histérica por sus entrañas. El concierto presentó una tonalidad plana en la que la rusa fue capaz de tocar tonos ambient con un ímpetu digno del techno más demencial. He ahí su riesgo y he ahí su éxito. 8,5 Brais Suárez

 

Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.