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Sónar 2016 Viernes

17/06/2014, Fira Montjuïc y Fira Gran Via, Barcelona

 

Textos Beto Vidal y Half Nelson

Fotos Brais G Rouco

 

SÓNAR DE DÍA

Por Beto Vidal

 

Resulta de lo más curioso ­–y aterrador a su vez– contemplar todo un escenario Village semi vacío y a pleno rendimiento de la maquinaria Sónar, con el césped artificial todavía sin castigar. Como una especie de escena distópica de J. G. Ballard de “El mundo sumergido”, con hordas de gente huyendo para cubrirse de la lluvia que caía a primera hora de la tarde y que empapaba los beats elegantes y futuristas de nuestra querida Awwz o el final del concierto de un irreconocible El Guincho. Porque, como mandan los cánones y las reglas no escritas del festival, el verano NO empieza en Ibiza, sino que lo marca el martilleante sol que baña cada año la capital catalana por estas fechas. Pero este año, quizás coincidiendo con los profundos cambios que propone Sónar tanto en su programación musical como en la línea del congreso paralelo +D, llovió y aguó la fiesta a más de uno, aunque fuera a ráfagas y no de manera torrencial. Pero vayamos al lío.

 

 

 

Por suerte, para combatir la lluvia estaba la ola de calor africana que nos brindaron dos artistas que representaban el pasado y el futuro del continente donde empezó todo, que diría Piqué: Ata Kak y Mikael Seifu. El primero, gracias el descubrimiento arqueológico que nos brindó el sello Awesome Tapes from Africa, al editar el año pasado en cassette la rompedora -y antigua- mezcla de rap, funk y proto-techno del artista ghanés. Un directo con banda en el que se metió al público en el bolsillo con sus rapeos exóticos y mediante un delicioso boogie. Lo del segundo fue otra cosa bien distinta, que seguro dejó con el culo torcido a más de uno: el etíope se dedicó a desmontar mitos y suposiciones sobre las reminiscencias occidentales en la música africana, pese a ir vestido con un chaleco de su país natal, a base de escupir beats a veces violentos, a ratos desafiantes. Algunos lo llamarán free-jazz contaminado de techno, otros lo considerarán la revelación del día. En cualquier caso, un triunfo absoluto de técnica e intención.

 


Tras la ola africana, tocaba refugiarse de nuevo en las cortinas del SonarHall (cada año tan intenso, tan Twin Peaks), con el fin de experimentar en primera persona la actuación de Kode9 junto a Lawrence Lek. De forma literal, porque aquello fue como vivir dentro de un videojuego de disparos en primera persona de los 90s, donde solo faltó que la organización proporcionara los mandos: una especie de robot limpia suelos con hélices recorría en los visuales una serie de escenarios que parecían sacados de un pack de ampliación distópico de Los Sims; algo así como jugar al Half Life con la banda sonora de jungle, post-dusbstep y otras deconstrucciones de la bass music inglesa que tan bien interpreta el ideólogo Steve Goodman. Una experiencia de lo más inmersiva e interesante que quizás se hubiera disfrutado mejor en el teatro SonarComplex.

 

 

“El miedo como zona protegida del miedo”: así empezó, a modo de mantra histérico y acolchado entre chirridos industriales e imágenes impactantes, lo que sería otra histórica actuación de Niño de Elche + Los Voluble en el festival. Por segundo año consecutivo, salieron a hombros, con toda la sala Complex en pie, dando palmas, bailando y gritando como si no hubiera un mañana. Otra prueba del rodillo sónico y visual que supone su impactante propuesta politizada. Esta vez, con el factor sorpresa consumido, enfocaron el discurso-protesta en torno a la eliminación de las fronteras, tanto las que separan países (con un ojo en Melilla o en la crisis de los refugiados europea), como la que pone barreras al amor (en defensa del colectivo LGTB). De nuevo, Niño de Elche se desgañitó encima del escenario con su genuino estilo flamenco, mientras Los Voluble imprimía una serie de bases contundentes, cercanas al techno industrial, al ambient más feroz y teñido de oscuro, o directamente a la rave. De nuevo, el mejor concierto del Sónar, casi con total seguridad. 

 

 

Con gasolina todavía en las piernas, gracias en mayor parte a la salida de nuevo del sol, pude acercarme al Dome para ver desde la barrera (es curioso el tapón que parece originarse en la entrada en el escenario de la bebida energética, tal y como pasaba en el CCCB, aunque el espacio es infinitamente superior) el techno ‘revolucionario’ de Underground Resistance, que años después sigue sonando fresco y arrollador. Pero antes de desertar para ver a Jarre en el recinto de noche, faltaba degustar el último y suculento plato del día: Dawn of Midi, esta vez en un auditorio, sentado y con los cinco sentidos puestos. Porque lo del trío neoyorquino es puro goe, de esos conciertos que podrías ver en todo un Liceu con monóculo y copa de vino en mano. Una propuesta que reluce por su minimalismo, tanto en la estética austera de escenificación como en su línea musical, mecánica y de pulsación gélida. Como si Kraftwerk dejaran las máquinas y volvieran a coger, como en sus inicios, los instrumentos de toda la vida. Tras los merecidos aplausos del final, solo quedaba correr para alejarse del recinto de día bajo el compás de la fiesta que se marcaba el infalible Matias Aguayo.

 

 

 

 

 

 

SÓNAR DE NOCHE

Por Half Nelson

 

Tal es el grado de compromiso de Ángel Molina con su cita anual con el Sónar, normalmente abriendo el escenario grande justo antes de uno de los cabezas de cartel, que acudió, hace ya algunas semanas, a de la rueda de prensa de presentación del nuevo LP de Jean-Michel Jarre auspiciada por Sónar, por si las declaraciones de Jarre le servían para anticipar el contenido del concierto y poder preparar la sesión previa. Pese a que Jarre no dio muchas pistas, Molina no tuvo problemas: desbrozó un camino entre un bosque de sintetizadores, entre otros los de John Carpenter, uno de los invitados al último y fallido disco de Jarre. Pese a que el montaje escénico no fue del tamaño faraónico de sus conciertos de antaño, hay que decir que Jarre fue uno de los triunfadores de la noche. Apenas se le escaparon tres temas del funesto Electronica 2: The Heart of Noise” (Columbia, 2016): “What You Want” y “Brick England” con las voces enlatadas de Peaches y Neil Tennant respectivamente y la instrumental zapatillera “Exit” con speech reivindicativo de Edward Snowden; disco colaborativo con el que pretende reverdecer laureles, aunque él es el primero en saber que ya nada será como antes. Por eso, dejó de lado los beats y se enroscó en las ingenuas melodías de sus grandes clásicos “Oxygène II”, “Oxygène IV”, “Equinoxe V” y “Equinoxe VII”, mucho más íntimos y cercanos que sus megalómanos devaneos posteriores y donde se le vio sufrir con la interpretación y gozar con el resultado y también pudo fardar de su impresionante colección de sintetizadores viejunos, del teclado-guitarra y hasta del arpa-laser. Bien, muy bien.

 

 

Abriendo al mismo tiempo que Molina (también es mala suerte, por llamarlo de alguna manera, que tres de los mejores DJs del país actúen solapados), en el otro extremo del recinto Zero vs. Chelis empezaron con algunos problemas de sonido (los vinilos, es lo que tienen) para dar paso a una Anohni (la reencarnación femenina de Antony de los Johnsons) envuelta en un burka y flanqueada por los productores de “Hopelessness” (Secretly Canadian, 2016), Daniel Lopatin y Hudson Mohawke, un lujo.

 

 

Tras ella, y bajo la lluvia intermitente, los israelíes Red Axes confirmaron, a base de house con texturas y toques ácidos, las buenas sensaciones que teníamos sobre ellos. Todo lo contrario que el australiano Flume, que se dejó llevar por devaneos EDM en busca de un house-pop que nunca llegó. Supongo que la lluvia hizo que Kerri Chandler se creyera en Chicago (aunque él es de New Jersey) porque su sesión de house sin excusas, dura pese a algún requiebro deep, fue vigorosa y vigorizante, ideal para que esas dos fieras que son Ben UFO y Helena Hauff sacaran después el rodillo techno.

 

 

En los escenarios a cubierto, Four Tet reinó en su cortijo del nuevo formato del SónarCar (con cortinas rojas como el SónarHall, pero sin autos de choque, que están en el SónarLab: un lío). Empezó jazzístico y caribeño (reggae y mento), pero con chispazos uptempo cada vez más habituales según avanzaba la noche. Está claro que hay que aflojar de cuando en cuando ya que no se puede pinchar en progresión durante siete horas… Bueno, ya veremos que hace hoy Garnier (glups!!).

 

 

Y en el enorme SónarClub, James Blake, sencillamente, volvió a hipnotizar a las masas. Me parece increíble que un artista con su repertorio llene un recinto tan enorme y apacigüe al personal que seguía con (relativa) atención y contención su recital de lamentos. Mucho tiene que ver la capacidad de Blake para atesorar tensión a base de recursos contemporáneos de la bass music y de saber liberarla con golpes de efecto como la aparición de Trim para rememorar su colaboración como Trimbal con “Confidence Boost (Harmonimix)” que fue el detonante de un galvánico final tras el que Richie Hawtin casi sólo tuvo que conectar su equipo para empezar a recoger cadáveres.

 

 

 

 

 

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