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El espectáculo del tiempo

Juan José Becerra

Candaya

9,4

520 págs.

20 €.

Santiago García Tirado

 

Créanme: a veces Argentina también sabe dar sorpresas gozosas en forma de libro, y la prueba está en el luminoso tomo que acaba de presentar en España Juan José Becerra, “El espectáculo del tiempo”. El espectáculo al que alude el título es el que proporcionan docenas de relatos, siempre nerviosos, siempre certeros y con efecto euforizante con los que el narrador, un tal Juan Guerra, reconstruye su vida y la de sus allegados en la ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires. La reconstrucción ―y será una técnica que inunde de posibilidades el relato― evita en todo momento la rigidez de la cronología y sigue en cambio el albur disparatado con que el cerebro se dedica a hilvanar unas historias con otras, considerando que previamente allí todas se hallaban apelmazadas, ajenas a categorías o jerarquías. Una historia relatada, de esa forma, puede llevar a otra que ocurriera décadas atrás, y a la inversa. O bien una cita histórica al vuelo de una descripción permite que el capítulo siguiente recree un episodio histórico que nada tiene que ver estrictamente con la vida del mentado Juan Guerra, para luego retornar al siglo del narrador como si nada y así continuar con el relato donde había quedado en suspenso. El resultado es espectacular, como promete el título, y ofrece una lectura a base de cuadros breves y de alta efectividad como pocas veces se alcanza en el ámbito del relato. Candaya se aferra con esta obra a la Premier League de las editoriales y de paso nos regala en España un título que en Argentina ha sido todo un acontecimiento.

 

Lo “gozoso” de su narrativa es efecto directo de la manera en que Juan José Becerra se dedica a desempolvar y poner en observación la materia que acumula en la memoria. Ni da cancha a la nostalgia ―ese huero “dolor del recuerdo”― ni deja hueco al melodrama, que intoxica fácilmente cualquier ejercicio  de memoria. Además se impone como precepto no recurrir a la erudición ni trufar de filosofías una cuestión como ésta del tiempo, que siempre anda provocando. Cada relato empeña su credibilidad en reactualizar el brillo con el que las cosas sucedieron, revivir aquellos acontecimientos lejanos que fueron en su momento un presente espléndido: las escenas tórridas, los viajes furtivos al reencuentro de amores pasados, las trifulcas, los triunfos, las charlas con amigos, las discusiones en el trabajo, y el padre y la madre, pero sobre todo el padre, con todos los ecos que desata la literatura del padre. Y sobre todas las cosas, las amantes, las que fueron oficiales y las que compartieron el sexo a hurtadillas. Con todas ellas el autor perfila la dimensión excesiva de un tipo, Juan Guerra, que como el propio Becerra vive enganchado a la intensidad de una vida que no promete imposibles, una vida que siempre advierte que será breve.

 

 

Si bien es cierto que el binomio escritor+argentino suele dar resultados de alta calidad intelectual aunque muy a menudo antipáticos, Juan José Becerra logra con este libro una solución muy personal. En primer lugar, porque explícitamente se propone “no citar escritores en esta novela”, y cumple ―con la excepción de Paul Éluard, a quien recurre para el eslogan de su sala multicines―, y en segundo lugar porque asume como modelos narrativos a autores de otros lares, como al Italo Calvino de las “Cosmicómicas” ―a quien remeda en una gloriosa segunda parte al relatar el origen de la dimensión “Tiempo”― pero muy especialmente al grandísimo canalla de Jorge Ibargüengoitia, con quien comparte esa misma manera de someter al lector a una sobredosis de vida por relato con efectos adictivos. Sí, es cierto que en las entrevistas Becerra cumple rindiendo honores a los suyos, y cita a Saer, a Aira, incluso a Borges como referentes, pero en la práctica se porta como un espíritu libre, un merodeador de otras tradiciones, de otras voces. Desconozco, por ejemplo, si ha frecuentado a Marcos Ordóñez, pero es que toda esa manera de empalmar relatos a capricho, unir piezas que en el pandemónium del cerebro aparecen juntas pese a que sucedieran en épocas distintas es auténticamente estilo Ordóñez. Comparte con él, por si no bastara con lo anterior, su misma manera socarrona de relatar las propias torpezas, las situaciones ridículas, los enredos inexplicables en los que uno se ve envuelto sin comerlo ni beberlo. Y siempre resulta estupendo.

 

Al relato puro hay que añadir otra suerte de materiales ajenos que Juan José Becerra inserta dentro del libro y que generan efectos curiosos: así consigna textos escritos por el propio padre ―si real o no, es algo sobre lo que nada dice el autor, parapetado tras el ficticio Juan Guerra ya mencionado―, discursos dados en Junín por diversos personajes, incluidos el primer astronauta argentino y nada menos que el presidente Perón, poemas de payador o el relato de la erupción del Vesubio que hiciera Plinio el Joven en el año 79. La novela se ubica, de esa forma, en la frontera entre la ficción y la crónica, la autobiografía y el relato fantástico, el objetivismo y un siempre irrefrenable amor por la literatura, que siempre es otra cosa que la vida. Mucho mejor, y con más espectáculo, dónde va a parar...  

 

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.