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Oliver Bullough

Un repaso a los planos de la cueva de Alibabá

 

Texto Santiago García Tirado

 
El dinero existe, el dinero abunda, aunque siempre cae en los bolsillos de los otros. Los ciudadanos que corremos para llegar a tiempo al trabajo, que trampeamos para que no haya un descubierto a mitad de mes, gente del abismo, de la que hablaba Jack London, los ciudadanos de a pie, en la versión apaciguadora de nuestros políticos, nunca conoceremos los aposentos del dinero. Incluso, a fuerza de escucharlo, hemos acabado creyendo que sí, que la cosa está muy mal, y que exigirles más a nuestros estados ya no es posible sin perder la cabeza. Para poner las cosas un poco más en perspectiva, el multipremiado periodista inglés Oliver Bullough ha recorrido, medido y dibujado los pozos cavernarios en los que se apila el dinero todo, y ha puesto el resultado a disposición del público en “Moneyland” (Principal de los libros, 2019).


La inmensa mayoría de la Humanidad lo ignora todo de “Moneyland”, y vive sin echarla en falta, ¿por qué debería estar preocupada?
Es cierto que nunca tendremos contacto con la riqueza que se conserva en “Moneyland”, pero siempre estaremos en contacto con su sistema, porque son todas esas personas quienes nos gobiernan, quienes tienen poder sobre nosotros como sociedad. Al final, ese dinero que ellos roban nos repercute, porque es parte de nuestro dinero. Si ellos deciden no pagar impuestos, nosotros tenemos que pagar más.

Mientras leía acerca de esos circuitos mareantes donde vive el dinero no dejaba de preguntarme si “Moneyland”es el no lugar perfecto: carece de identidad, existe al margen de cualquier ley, y casi fuera del mundo…
Antes de escribir el libro estuve viviendo en Rusia, donde muchos territorios se consideraban a sí mismos países, así que estoy acostumbrado a la idea de inventar países. Al final, todos los países son entidades imaginarias: alguien en algún momento ha decidido definir el suyo…

No, hombre, eso no deberías decirlo… aquí… ¡en Catalunya!
(Risas) Sí, todos los países son imaginarios, de modo que por eso he inventado ese país donde se acumula el dinero, que es “Moneyland”.

 



Los paraísos fiscales son lugares que pertenecen o dependen administrativamente de países donde se defiende el imperio de la ley, como Gran Bretaña o Estados Unidos. ¿Cómo, pues, hay tanta tolerancia con esos territorios?
Para empezar, el dinero es una materia global que va traspasando las fronteras y, si un país lo trata bien, ese dinero se queda allí. La cuestión de la tolerancia de países como los que citas es que a todos les gusta el dinero, y lo que hacen es permitir todas esas acciones que describo en mi libro para atraer más dinero. Es verdad que determinados paraísos fiscales están en territorios como las Islas Vírgenes británicas, Jersey o Estados Unidos, pero es que, para el dinero, todo es el mismo territorio. Es verdad que estamos viviendo un proceso de globalización, pero es parcial: el dinero se internacionaliza bien, las leyes no. Cada país tiene sus leyes, y el dinero va allí donde las leyes le sean más favorables.

En un fragmento narrativo al inicio del libro relatas un paseo por Londres y vas señalando quiénes son los verdaderos propietarios de los edificios y locales por donde transitas. Causa pánico saber que la mayoría son sociedades en paraísos fiscales.
Hay cosas que sí podemos hacer contra ese sistema, aunque por alguna razón hemos decidido no hacerlas, porque es mucho más fácil justificarnos por no hacer nada. Y a menudo nos decimos a nosotros mismos que eso es lo que tiene la globalización, que es como el tiempo: si llueve, coge un paraguas. Pero dentro de un sistema democrático podemos luchar contra “Moneyland”. En El señor de los anillos” están los Ents, esos árboles que se mueven muy lentos. Cuando los hobbits les piden ayuda para acabar con el mago malo, que es Saruman, se mueven lentos, pero acaban llegando y lo derrotan. La democracia es muy similar a los Ents: llegará al final, aunque se mueve muy lentamente. Me defino como un hobbit que intenta empujar a los Ents (la democracia) para que se apresure un poco más.  

Al leer tu libro me queda una sensación similar a la que tenemos con el cambio climático, la de que en el ámbito del dinero nos hallamos también con un sistema al borde del colapso. ¿Puede ser este colapso el fin de la democracia, del mundo como lo entendemos hoy?
Sí, es lo que podría ser, pero no creo que suceda. En algún momento la democracia contraatacará y será un golpe letal. Ha habido progreso, pero ese progreso es muy lento. Lo que sí me preocupa es que, mientras tanto, vemos que “Moneyland”ha tomado el control de países como Filipinas, Turquía, Hungría. Esto nos lleva a pensar que cuanto más tardemos, mayores serán los males que tengamos que reparar.

En el campo de los que se han atrevido a investigar los circuitos de la evasión de capitales hay héroes (Litvinenko, Falciani), pero muchos acaban asesinados. ¿Has tenido miedo alguna vez?
Antes, cuando trabajaba como reportero de guerra retransmitiendo desde los diferentes países que estaban en conflicto sí que podría decir que tuve miedo. Ahora no. Creo que deberíamos vivir nuestra vida como si viviéramos en un país libre, y eso es lo que hago.

 



Al principio te centras en el caso de Ucrania, donde expones el caso de Yanukóvich… por cierto, ¿aún vives en Ucrania?
No, ahora vivo en el Reino Unido.

…Pero viviste un tiempo en Ucrania, como explicas en el libro. ¿Nos sirve Yanukóvich como epítome del corrupto, en cualquier parte del mundo?
Como hablo ruso, me resultó muy fácil investigar lo que ocurrió en el país. Además nos encontramos con una situación en la que Ucrania acababa de vivir una revolución, y de ahí podía sacar mucha información. Pero este libro podía haber tratado de lo que ocurre en Malasia, China, Libia, Nigeria, Brasil, Venezuela. La historia que vemos en Yanukóvich es, efectivamente, universal.

En tu análisis insinúas que el asunto de los paraísos fiscales es primordial para quienes defienden el Brexit.
Lo cierto es que mucha gente que votó para salir de la UE no lo hizo por estos motivos, sino por la soberanía, o la inmigración. Pero detrás de la campaña a favor del Brexit había muchos líderes y gente poderosa a quienes interesa una menor regulación sobre temas fiscales, y que el dinero fluya de una manera más libre para que también así el país pueda beneficiarse de lo que le aporte “Moneyland”.

No parece que organizaciones como la UE tenga los paraísos fiscales entre sus prioridades de actuación, pero ¿existen motivos para el optimismo?
Bueno, sí que ha habido algunas políticas o directivas en la UE para luchar contra el blanqueo de capitales y fomentar la transparencia financiera. Con suerte, algunas medidas similares entrarán en vigor en los Estados Unidos. Lo más importante es trabajar en la transparencia financiera: tenemos que saber quién posee la riqueza en el mundo, y para eso aún nos queda mucho. Pero es cierto que hemos avanzado, tal vez vayamos por el 4% del trabajo, pero al menos no estamos ya en el 1%. Si eres pesimista, eres un ciudadano de Moneyland.

Con este ingente trabajo de investigación ¿te consideras activista?
Me defino como periodista, pero un periodista que intenta escribir la verdad. Es cierto que a la gente a la que le gusta contar mentiras todos los demás le parecen activistas.    

 
Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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