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Benedict Wells

Entendiendo la muerte

 

Texto Santiago García Tirado

 

 

Esta semana la joven literatura alemana pasó por Barcelona bajo el aspecto de Benedict Wells y –gracias, reflejos– llegamos a tiempo de ganarle unos minutos en exclusiva para Blisstopic. El encuentro fue en Malpaso –donde los sabios reinciden– y entre cerveza y cerveza ejecutamos un examen de ingenios que dejó un puñado de frases para el recuerdo. Claro que tuvieron cabida los libros, y los proyectos, y ese Premio de Literatura de la Unión Europea que acaba de ganar con “El fin de la soledad” (Malpaso, 2017), pero hubo más: la vida, los medios para reflotarla, Kazuo Ishiguro, los peros. Y Barcelona. 

 

El protagonista de “El fin de la soledad”, Jules, desde muy niño tiene que enfrentarse al hecho de la muerte. ¿Esta novela ha sido escrita para que nos entendamos con la muerte?

Sí, la muerte es importante para mí en este libro, porque cuando ese tema se vuelve actual lo que haces es mirar al lado, solo ves el miedo. En este libro yo quería mirar más allá, encontrar argumentos contra ese miedo. Es verdad que la muerte es el final, que todos vamos a morir, pero ¿cuáles son las cosas que puedo esgrimir contra ese tema? 

 

Junto con la muerte, el otro tema de calado es la decepción. Siempre hay alguien que decepciona a alguien. Me parece que tu novela quiere ser una medicina para afrontar la vida.

No es la razón por la que la he escrito, aunque hay un momento en que el protagonista dice que es Job y Alva [su amiga de siempre] le responde que es solo una broma. Yo considero la novela como una fórmula matemática en la que aparecen cosas negativas, pero también otras positivas, para que al final el saldo que dé sea positivo. El libro no es una invención mía, sino que es la realidad. Lo que había escrito hasta ese momento tenía mucho de escapismo; con este libro he querido mirar para encontrar esas cosas que no hay que esconder. No tendría sentido escribir sobre lo miserable que me sentía, sino que quería buscar argumentos contra ese sentimiento.

 

Parece que Jules, por todo eso que dices, se refugia en la literatura. ¿Es un buen refugio?

Lo es para mucha gente. En Alemania decimos que, cuando no estás contento al 100% con la realidad, tienes que escribir para corregir un poco esa situación. Hay muchos libros con esas correcciones. Un ejemplo es J. K. Rowling, que escribió Harry Potter cuando su madre murió, para corregir ciertas cosas, creando un mundo donde la muerte no es tan horrible, donde uno puede estar en paz consigo mismo.

 

 

Pero la literatura en alemán ha hecho lo contrario: pienso en Musil, en Thomas Mann, en Günter Grass…

Por eso la literatura alemana nunca ha sido muy importante para mí, ni me ha influido mucho. Sí, hay obras alemanas como “Los Buddenbrooks”, de Thomas Mann y otras que me gustan, sin embargo la literatura de Inglaterra y de Estados Unidos me ha influido más. Y todo porque lo que escriben son historias, y los escritores alemanes hasta los años 90 a menudo lo que hacían no era contar historias. En la prensa se reclamaba que los libros fueran legibles, porque los que entonces se consideraban buenos eran los oscuros, los que no había manera de entender.

 

Hay un momento en que dices que ningún otro enemigo en la vida es peor que una infancia difícil.

Ese es un sentimiento que tiene Jules en un momento específico, pero no tiene que ser así. En otro lugar dice: (toma mi ejemplar del libro; lee) “La vida no tiene que ajustar cuentas, las cosas suceden, sin más. A veces es justa, y todo tiene sentido. Y a veces es tan injusta que uno duda de todo. Yo le quité la careta al destino y vi que no era más que la pura casualidad”. Es algo que Jules siente en ese momento, aunque tal vez lo viera distinto cinco años antes o cinco años después. Hay momentos en los que yo siento algo así, aunque hay situaciones en las que no hay respuesta total a esas preguntas.

 

Otro tema es la difícil relación con el padre. ¿De nuevo la tentación kafkiana de “matar al padre”?

No era mi intención. Al comenzar el libro para mí el tiempo era muy importante: por ejemplo, tú cometes errores en tu juventud y quieres corregirlos veinte años después, pero mientras tanto has tenido que vivir con ellos. En la novela hay errores entre Jules y Alva, pero también entre Jules y su padre. Hay una situación al comienzo cuando Jules dice que no le gusta la fotografía, que prefiere escribir, y luego siente la culpa cuando muere el padre. Esa culpa marca la dirección de su vida, ese era el tema. Cuando por fin mira deja de engañarse, y entonces tiene la posibilidad de cambiar su dirección.

 

La identidad según Kierkegaard es un tema que seduce a Alva, y diría que seduce a todo el que lea la novela. Me pregunto si es la identidad el gran problema del individuo en la actualidad.

 

Es una cuestión muy importante en este tiempo. Hace cien años no tenías tiempo para pensar quién soy, a dónde voy, pero ahora tenemos tiempo y además hemos perdido la religión ­–que lo explica todo– y el mundo es más difícil. Tienes que aprender a vivir y a encontrar tu espacio en el mundo. Somos muy inteligentes para proponer preguntas pero aún no somos lo bastante inteligentes para responder. Es un tema que provoca libros, discusiones, pero no acaba porque no hay una respuesta definitiva. Estamos en medio de la respuesta, sólo podemos evaluar el tema, pero no hay una respuesta.

 

 

Hablemos de influencias: has confesado públicamente tu devoción por autores como John Irving, Ishiguro… parece que el Nobel te refrenda.

Sí, recuerdo cuando ganó el premio, yo estaba en la recepción de un hotel, y cómo lo celebré (risas, brazos en alto), porque Ishiguro es un escritor muy silencioso, una mezcla muy interesante de japonés e inglés, y este gentleman ahora tiene el Nobel, lo más ruidoso en el mundo de la Literatura. A Ishiguro le molesta tener que darse publicidad a sí mismo, y ahora va a tener que hacerlo. Y espero que gane muchos lectores.  

 

Dime otros de tus favoritos.

Kazuo Ishiguro, Michael Sheldon, Harry Mulisch y John Green

 

Esos nombres confirman que lo que buscas en tus novelas es que vuelva la emoción, que no solo tenga cabida lo intelectual.

Un libro que no me conmueve, no me interesa. Puede que me haga reír, o que me ponga triste, pero de alguna manera me tiene que tocar. Y Irving, o Kazuo Ishiguro, siendo muy diferentes, tienen algo en común: que cuentan historias y provocan emociones. Una obra meramente intelectual puede ser excelente, pero lo que a mí me parece especial son los libros que provocan emociones. Cuando me faltan esas emociones, un libro se acaba.

 

¿Dirías que lo emocional lo tiene difícil para cotizar como alta literatura?

Hace poco he leído “Stoner”, de John Williams, una novela que es inteligente, pero también te toca. Yo trato de escribir de esa forma, uniendo inteligencia y emotividad.

 

¿Hacia dónde quieres llevar tu literatura?

Este libro me ha absorbido siete años, y todo lo que tenía que decir hasta ahora lo he volcado en ese libro. Sentía que tenía que escribir esa historia. Recuerdo noches, cuando vivía en Barcelona, cuando me tenía que despedir de los amigos para irme a escribir sobre la muerte. Y no quería esconderme detrás de la ironía, porque yo quería que le gente que ha perdido a alguien sintiera que la estoy tratando respetuosamente, es decir, quería estar en contacto con estos temas. Ahora quiero buscar otra cosa, quiero imaginar algo más divertido. Estoy en un momento en que puedo vivir solo con la escritura, y quiero seguir haciéndolo.

 

Has vivido en España,  ¿ha podido tener un efecto en esa forma tuya de enfocar la literatura?  

En el plano personal, por supuesto, más que en la manera de escribir. Yo estuve aquí durante la crisis, y vi que fue muy duro para mis amigos pero, aunque parezca un cliché, aquí siempre podíamos ir a la playa de noche, tomar una cerveza por dos euros, y hacer lo mismo que hacía un rico. Aquí todos compartimos la vida, el piso, el plato, y esa manera de compartir tiene sentido. La vida aquí es más cercana, es una manera de vivir con lo que puedes soportarlo todo mejor, y creo que no solo más divertida, sino también más inteligente. Si, por ejemplo, mi libro tiene éxito y no lo puedo compartir, nada tiene sentido. Creo que en Alemania voy a tratar de salvar ese sentimiento tan español, me gusta esa manera de vivir, así que cuando el tiempo sea horrible llamaré a mis amigos para que vengan a casa a cenar.

 

¿Puede tu literatura servir de medicina para el que lee?

Espero que sí, porque quiere ser una corrección mínima de la realidad, con algo más de optimismo. Cuando creo un mundo no es en ningún momento un refugio, un mundo con mentiras, sino con algo más de optimismo. Por ejemplo, a Houellebecq no lo considero pesimista, simplemente realista. Y yo no quiero mentir, quiero mostrar la realidad pero señalando las cosas optimistas que permiten equilibrar lo malo de la vida. La vida es terrible; por suerte, también hay peros… y este libro es un pero.

Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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