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Mónica Ojeda

El arte es un grito desesperado

Daniel Jándula y Joana Sadurní

 

En un piso de Barcelona conviven seis jóvenes de diferentes procedencias. Sus vidas están vinculadas al desarrollo de un juego online que desencadena una fuerte conmoción en la deep web, a causa de su contenido sensible y de su forma de interactuar con los jugadores. Este es el punto de partida de Nefando, una novela que está causando un fuerte impacto en sus primeros lectores. Según Francisca Noguerol, catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca, "Mónica Ojeda es una grande, a la altura de Bolaño y Rivera Garza, de la gente que escribe literatura de la conmoción, la única que realmente importa".

 

Algunos capítulos de “Nefando” (Candaya, 2016) son las respuestas de tres de los personajes protagonistas (El Cuco Martínez, Kiki Ortega e Iván Herrera) a una entrevista sobre el video-juego y sobre unas grabaciones de pornografía infantil que circulan por la red. ¿Quién realiza las entrevistas del libro?

Aunque en el libro es un hombre, en realidad quien entrevista al Cuco, a Kiki y a Iván es la autora: la que escribe. Fue así como lo pensé. Ese entrevistador, ese que estudia a los personajes, es un escritor. Es eso lo que un escritor hace. De todos modos, es un personaje fantasma, igual que los escritores en sus novelas. Como dice Kiki al final de su nouvelle pornográfica: la autora es, en realidad, el único personaje.

 

“Nefando” platea la relación escritor-personajes, Dios-mundo, programador-videojuego: ¿Se "escriben" Kiki Ortega y el Cuco Martínez en la novela y en el video-juego que está creando? ¿Y Mónica Ojeda en “Nefando”? 

Sí, ellos se escriben en sus proyectos y yo me escribo en “Nefando”. Creo en la escritura como la posibilidad de estudiar los bajos fondos de mi propia humanidad. Esos bajos fondos son diversos, múltiples, infinitos. Puede parecer un asunto individualista y yoísta, pero es colectivo porque mi humanidad es la de todos y la de todos es la mía. Es un ejercicio de honestidad y de desnudez; una búsqueda de verdades que nos conectan a todos como especie. Cuando hago eso quiero reír histéricamente, llorar, gritar. No soy “Nefando”, pero estoy allí porque la he escrito.

 

Kiki Ortega (la autora de una breve novela pornográfica que se inserta en “Nefando”) dice: "no se puede escribir en el hogar, no cuando está lleno de la mierda de uno". ¿Desde dónde y por qué escribiste Nefando? ¿Cuánto hay de ti en Kiki Ortega?

Escribí “Nefando” fuera de mi casa, fuera de mi morada, a la intemperie. Hay cosas que sólo se pueden escribir así: tomando de forma consciente un paso afuera del techo que nos protege. También hay cosas que sólo se pueden observar en la memoria; cosas que necesitan digerirse antes de palabrearse. Escribí esta novela desde la memoria de mi infancia, y cuando digo esto me refiero a una memoria emocional con la que sólo puedo lidiar ahora. Hay partes de mí misma en Kiki, especialmente aquellas que tienen que ver con sus preocupaciones en torno a la escritura, pero también hay partes de mí en todos los personajes de “Nefando”. Cuando alguien escribe un personaje no está haciendo a un otro: está perfilando un yo remoto, pero imaginable. Esos otros a los que entiendo cuando escribo son siempre un nosotros.

 

 

¿Consideras la pornografía un género literario más?

Sí, aunque, como la ciencia ficción, ha sido menospreciada y tratada como un subgénero o literatura menor. La literatura pornográfica pone en duda nuestras nociones acerca de lo que es o no es arte. Su lenguaje, a veces, es descarnado y libre de preciosismos: es un lenguaje desnudo. Además, no rehúye la mala palabra, ni el verbo prohibido y, a través del deseo y de renombrar el cuerpo desde lo obsceno y lo abyecto, hace una crítica biopolítica. Por eso es un género incómodo. Porque habla de lo ctónico, de lo que hace referencia al inframundo  y no de lo que consideramos trascendente.

 

Con el personaje de Iván Herrera planteas el conflicto con la propia identidad sexual ¿Es peor esconderlo, hiriéndonos, como hace Iván con su automutilaciones,  o herir destapándolo?

Con Iván no pretendía dar ningún consejo ni exponer mi mirada sobre lo que se debería hacer en esos casos. Lo único que quería era entender una mente como la suya para poder escribir sobre ella. Si me preguntas mi opinión fuera de la novela, creo que todos tenemos el derecho de construir nuestra identidad y de vivirla abiertamente. Y si alguien se siente incómodo con ello, pues que mire hacia otro lado.

 

Creemos que “Nefando” habla, entre otras muchas cosas, de la incapacidad de la empatía (incluso su final apunta a ello). ¿Está esa habilidad tan dañada como a menudo nos parece?

No está dañada, pero tiene sus límites. Nosotros podemos imaginar el sufrimiento de una, dos, tres personas, pero no el de cinco mil o un millón. Son cifras imposibles de asumir y nuestra imaginación no es tan grande. Si a veces ni siquiera somos capaces de imaginar cómo se siente la persona que tenemos al lado cuando perdemos los nervios y le decimos algo muy duro, ¿cómo vamos a ser capaces pensar en Aylan, el niño sirio que se ahogó en la costa de Turquía, o en los estudiantes desaparecidos en México? A veces preferimos no pensar en el dolor de los demás porque es más fácil no hacerlo. Y cada vez que decidimos ignorar ese dolor perdemos un poco de lo que nos hace humanos. La literatura y el arte en general es un ejercicio de empatía, no sólo del escritor/a sino de los lectores. El arte es un grito desesperado que pide ser escuchado, y si, cuando lo escuchas, se te erizan los vellos del brazo, entonces algo importante ha ocurrido. En “Nefando” intento pensar en esto: en hasta dónde llega realmente nuestra capacidad de comunicar y entender las propias experiencias y las de los demás.

 

 

Sobre el lenguaje, que tantos debates genera en “Nefando”: ¿existe alguna forma verdaderamente pura de comunicación entre las personas? ¿qué opinas acerca de la necesidad del lenguaje?  Pensamos, por ejemplo, en Irene (una de las víctimas de abuso infantil en la novela), en su incapacidad de expresarse cuando era pequeña, en sus anhelos de crecer para saber explicarse.

Hay experiencias, cosas que nos ocurren y nos marcan, que podemos explicar a los otros, pero eso no significa que los que nos escuchan realmente entiendan lo que se les está contando. Lo único que sabemos es que, en esos momentos, alguien intenta verbaliza su experiencia y otro intenta imaginársela a través de las palabras. También hay experiencias tan brutales que somos incapaces de poner en palabras y que, a veces, nunca logramos expresar. Pero es cierto  que casi siempre tratamos de comunicar lo que hemos vivido para no estar tan solos en el dolor o en el placer. Luchamos, entonces, con los límites del lenguaje y buscamos la manera de darle un sentido a nuestras experiencias. Lo curioso de todo esto es que sólo el lenguaje puede ser verdadero o falso, la realidad no (una mesa o un árbol o la luna no pueden ser verdaderas ni falsas, simplemente son, están). Lo que nos pasa es real, y buscamos un lenguaje verdadero para decirlo. Y para mí sí existe un lenguaje verdadero: el de la poesía

 

La novela parece irse descomponiendo (o desfragmentando, si seguimos el lenguaje informático) a medida que se acerca al final. ¿qué te llevó a apostar por esa forma? ¿Crees que una narrativa actual tiende (o debería tender) hacia lo fragmentario?

No creo que la literatura actual tenga que regirse por ningún deber ser, ni que tenga ninguna obligación más que consigo misma y sus propias necesidades. La estética del fragmento tiene una larga tradición, no sólo en narrativa sino en otros géneros como la poesía (Ungaretti) y el ensayo (Montaigne), pero es cierto que la novela decimonónica nos hizo olvidar lo proteico que es el género y que en el siglo XX y XXI la novela ha regresado la mirada hacia la estética del fragmento (que ya estaba en “El Quijote”, por cierto) como una posibilidad compositiva que aporta intensidad y la conciencia de que no es necesario narrarlo todo, sino sólo lo importante.

 

¿Qué opinas del creciente papel de la tecnología  (y sus vertiginosos avances) en la literatura?  

La tecnología aparece en la literatura porque es parte de nuestro mundo. No sólo aparece como una descripción de las topías del presente, sino como una proyección hacia el futuro (la ciencia ficción y el ciberpunk). Si a veces se ha cuestionado el papel protagonista de las nuevas tecnologías en la literatura es porque no ha funcionado dentro del texto literario, no porque  su uso sea exagerado.

 

¿Qué características crees que pueden unir (o dividir) a los lectores potenciales  de tu novela en Ecuador y aquí?

Creo que puede haber lectores que se sientan repelidos por “Nefando” y, en el otro extremo, aquellos que se sientan atraídos por su propuesta. Es una novela que trabaja uno de los grandes tabús de nuestra contemporaneidad: el abuso infantil, y en múltiples facetas. Además, no pretende dar moralinas al respecto, lo que la hace aún más provocadora, aunque esa no haya sido mi intención en lo absoluto. Para ser honesta, creo que es una novela dura por sus temas, que exige un lector sensible, que esté dispuesto a sentir lo que lee aun sabiendo que lo que sentirá no será agradable.

 

 

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