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Alejandro Salse

Saber resignarse es contestatario

Brais Suárez

  

La conversación transcurre con fluidez hasta que nos traen la comida y la grabación que a continuación se transcribe empieza a embarrarse con nuestras masticaciones. Nos perdemos hablando sobre platos balcánicos, sobre el frío intenso del otoño de Sofía y sobre cómo es posible que lo más sencillo haya sido concertar esta entrevista en Bulgaria. Nos interrumpen la camarera, los hits ochenteros de la radio y algún que otro trago de rakia.

 

Es justamente esta confusión lo que la poesía de Alejandro Salse evita. Sus versos no son escritos, sino ejecutados con la precisión de quien sustenta su vida en las palabras. Vigués, con formación de periodista y profesión incierta, Salse concentra en cada palabra el cien por cien de su significado para incrustar al lector en un mundo urbano, en escenas que parecen vistas desde el futuro con la exactitud de un microscopio. Las estrofas funcionan como las columnas sólidas de esta “Estación en curva” (LeTour 1987, 2016) que retuerce a sus pasajeros a través del desaliento que solo lo cotidiano posee. El traqueteo inagotable de este conjunto de poemas (“esto no es un poemario, sino una recopilación de poemas”, advierte Alejandro), dan pie a ponerse trascendentales. Esto es lo más pedante que obtengo del joven que acaba de publicar su primer libro. Que no es poco.

 

Lo primero que necesito saber es si vienes puesto de alguna droga sintética, si te la acaban de chupar, si tienes una resaca apocalíptica… Espera, ¿o no eres de esa nueva generación de poetas?

No, soy bastante más anodino, pero estar aquí es más que suficiente.

 

Lo que más me llama la atención de “Estación en Curva” es que, precisamente frente a este hedonismo del que se habla tan a menudo, pareces reivindicar bastante el sufrimiento y el sacrificio; no sé si es algo redentor, un camino…

Sí, creo que el libro tiene gran parte de hechos y experiencias autobiográficas y esto está directamente relacionado con mi manera de enfocar la vida; la veo como una carrera de fondo. Hay una importancia muy grande de la cotidianeidad y la poesía que practico ahonda mucho en esto.

 

Se percibe en ese sentido cierta resignación. ¿Surge esto de una personalidad optimista en el fondo?

En primer lugar, no veo tanta resignación, pero sí es cierto que saber resignarse hoy en día es casi contestatario frente a la falsa vitalidad que nos llega de todas partes. Ver la sombra de las cosas ayuda a hacerse una idea del total. Desde luego, detrás de la resignación hay cierta esperanza, cierto optimismo, pero con moderación.

 

Los poemas resultan bastante íntimos pese a que no hay muchos elementos humanos. Enumeras situaciones, ruidos, escenas… que acaban por evocar un sentimiento muy personal al lector.

Sí, esto no está tan relacionado con la forma de escribir como de conformar en mi cabeza los poemas… Salen de la contemplación, de escuchar, de ver o incluso imaginar. Pero, desde luego, lo autobiográfico es fundamental y ahí mi método es muy contemplativo; por eso aparecen sobre todo objetos, situaciones y atmósferas.

 

 

A veces, quizá por tu experiencia previa, son frases casi periodísticas, muy honestas y con una percepción clara de las escenas. ¿Es eso para ti la escritura?

Sí, es un ejercicio de cierta racionalidad y de cierto orden en el caos; no tiene por qué ser un orden lógico, pero sí debe ser un orden, una serie de percepciones hiladas y conectadas.

 

Y sin embargo, los textos no son propios de ningún tipo de contexto social, geográfico o temporal. En general es muy extensible, aplicable a… ¿a una generación?

Creo que está muy relacionado con una sensación de desarraigo que tengo desde que me fui de Vigo para estudiar. Me cuesta situarme en un espacio o tiempo, precisar a qué pertenezco, dónde estoy… Puede que esta ausencia de marcos temporales y espacios concretos se transmita. A veces es buscada y otras veces solo surge de ese desarraigo que tenemos muchos jóvenes actualmente, que todavía no hemos vuelto a casa.

 

Empleas la realidad como un soporte y los versos más emotivos son los más objetivos. ¿Es necesario ser cínico para poder vivir? Es más, ¿se puede ser cínico al escribir?

Para vivir es desgraciadamente necesario, un mecanismo de protección, pero no me parece apropiado para escribir. No puedes ofrecer mentiras al lector que no vayas a poder sostener en el tiempo.

 

En general, se percibe añoranza. ¿Aporta más claridad ver en retrospectiva que en presente?

Sin duda. El tiempo aporta perspectiva y a veces más cariño a los recuerdos. Si puedo destacar una constante en este poemario, diría que es el hecho de que la voz narrativa se va dando cuenta de qué es la vida adulta, de que, como decía Biedma, la vida iba en serio. Observa con nostalgia el pasado y con un cinismo incierto el futuro.

 

¿Escribir es también desnudarse o “sacarse las costras”, citando tus líneas?

Yo creo que vivir conforme, consciente y con ciertas esperanzas es sacarse las costras. Escribir también lo podría ser; sacudirse, levantar la cabeza y mirar más allá.

 

De hecho, escribes mucho sobre la poesía en sí misma, que parece darte una sensación de tranquilidad.

Sí, me llama mucho la atención el proceso de creación. Es como reflexionar sobre el armazón; a veces no es solo lo que se ve o lo que evocas, sino también lo que hay detrás.

 

Este es tu primer libro. ¿Llevas mucho experimentando con la poesía o fue algo más repentino?

Sí había escrito antes artículos, reportajes… y llevaba tiempo experimentando con el verso, pero de una forma más íntima, para mí. No consideraba que estuviese listo, pero las poesías fueron creciendo y surgió la posibilidad de editarlas a raíz del interés de Mario Quintana, que no deja de buscar voces nuevas. Puso mucho de su parte, un trabajo casi artesanal, y el libro ha salido adelante.

 

Supongo que ahora llegarán las presentaciones. ¿Cómo afrontas algo tan nuevo?

Con muchas ganas y con muchos nervios. Yo siempre he estado detrás del objetivo; ahora me toca estar delante. La editorial prepara todo con mucho cariño e ilusión. Estaré en Galicia, Extremadura, Madrid y Barcelona.

 

En estas situaciones te llegarán los primeros comentarios sobre el libro. ¿Consiguen que cambie, de alguna manera, tu modo de leerte a ti mismo?

Hay cosas que acaban saliendo a flote cuando se le dan vueltas al libro: otras interpretaciones, matices que se escapan, detalles, etc. Es un proceso curioso, pero estudiar en profundidad mi propio libro me crea una especie de rechazo natural. Es como si la tarea hubiese terminado con el punto final. Tal vez me dé miedo encontrarme con un libro distinto.

 

Hay actualmente una especie de poesía-performance que no pido que juzgues, porque tu estética parece contrastar con ella, pero sí que digas si es algo compatible contigo.

Las compatibilidades son algo muy subjetivo. Hay algunos poetas actuales con mucho seguimiento que son menos reflexivos y están más basados en el recital. Yo prefiero atender a cierto equilibrio que la poesía ha de mantener entro lo recitado y lo escrito y por eso veo este poemario más vinculado a la lectura que al recital.

 

De todos modos, sí parece que, de un estilo u otro, la poesía se hace más popular.

Es cierto que muchos autores jóvenes y con presencia en Internet, hacen una labor encomiable llevando la poesía a otros jóvenes; han roto muchos tabúes y eso es bueno. La expanden.

 

Puede que cambie así la manera de consumir poesía. ¿Se extiende a la industria un género tan particular?

Las industrias acaban conquistándolo todo, pero sí parece que la escritura poética va cobrando más popularidad y las editoriales se han dado cuenta. Se refleja en el nacimiento de editoriales especializadas, y en el interés de editoriales como Espasa o Planeta, que se centran en este género.

 

Comentarios
Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.

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