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El claustro rojo

Juan Vico

Sloper

8,8

126 págs.

14 €.

Santiago García Tirado

 

En “El claustro rojo” la materia narrativa la encuentra Juan Vico en la esfera de la pintura. Cuenta con un antecedente cercano en Ricardo Menéndez Salmón, que recurrió a un planteamiento similar en su celebrada “La luz es más antigua que el amor”, aunque la retroalimentación entre artes ha sido una constante temática de ámbito universal, y hacer una lista con otros ejemplos sería aquí un trabajo baldío. A destacar en este conjunto de relatos que todos han nacido de una misma intención indagatoria y todos se levantan sobre una misma técnica constructiva. Por fin un libro de relatos se niega a ser una simple selección de tientos disímiles y recupera el sentido del género breve.

 

En estos once relatos Juan Vico recrea sendos momentos clave en la vida de otros tantos pintores y lo hace con sobrada eficacia narrativa. Son relatos que se sostienen perfectamente sobre bases literarias, y no, como cabría esperar, sobre las propias imágenes de las que se nutren. De Degas se describe un cuadro menor, “Salida en falso”, pero no menos seductor es el fotograma congelado en el que se muestra la decrepitud del pintor, viejo y perdido en las calles de París. De Egon Schiele rescata el episodio del escándalo que provocó su afición a los niños desnudos. De Van der Goes, su locura medieval tanto como la envidia con que lo estigmatizaron sus correligionarios. En “Flores” es la esposa de Fantin-Latour quien describe la famosa reunión de escritores malditos que acabó plasmada en un lienzo. A partir de las “Carcere d’invenzione” de Piranesi, bucea en la importancia del delirio en la creación artística. Relatando la vida del japonés Hokusai, el narrador se obsesiona con poseer a la hija del pintor como modo de robarle su sangre al genio. Más escenas de este jaez encontramos en “Tuyo es el siete”, sobre Arthur Cravan, o “Agosto”, sobre la faceta pictórica de Bruno Schulz, con punto de fuga en el exterminio nazi. El clímax de la obra llega con “Canlassi, donde el perturbador Cagnacci se verá superado por un cliente que le habrá de proponer un cuadro, una composición que dejará muy atrás la fama de perverso de que hasta entonces gozaba el propio pintor. En ese sentido, tanto el relato que gira en torno a Mucha, y que es apenas una panorámica de su vida en escorzo, como el último, el único no dedicado a un pintor conocido, constituyen el anticlímax, por otra parte necesario, del libro. El que cierra la selección resulta, además, la conexión perfecta con el presente del lector, el relato biográfico de una artista contemporánea que practica la performance en torno a temas sugerentes como la alquimia, la enfermedad, la muerte.

 

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La solución constructiva que se repite en cada relato tiene que ver con la posición del narrador, que es siempre la de un testigo en segundo o tercer grado, alguien que puede ser amigo de un discípulo, o que entrevista a cierta persona que hubiese conocido al pintor, alguien en todo caso que desgrana la vida y obra que nos interesa, pero que siempre lo hará por persona interpuesta. Juan Vico se decide así por un procedimiento con el que suaviza una pasión que fácilmente podría intoxicar el relato, invalidándolo, y de paso se concede una distancia que reforzará la ponderación que vaya haciendo de cada pintor. El estilo, muy perfilado, deslumbrante en ocasiones, difícilmente podría casar con una narración a quemarropa de los pintores elegidos; con la distancia y la mirada en escorzo, la narración fluye mucho más libre de contaminación con el objeto tratado, más pura, si se quiere. También tiene consecuencias técnicas interesantes: esa distancia habilita al narrador para que describa además la muerte del pintor en unos casos, y en otros, las consecuencias ulteriores de algunas de las obras que se citan.

 

En “El claustro rojo”, en fin, Juan Vico se consolida como un narrador con tono y timbre propios. Su voz es a ratos contenida, a ratos manierista, siempre deja pruebas de una alta capacidad sintética: así, Schiele es “un latigazo de sombra”, y su mujer “una promesa a medianoche”; el psiquiatra del cuento de Piranesi declara que su trabajo es “edificar tranquilizadoras certezas sobre temblorosos pilares en ruinas”; la literatura, otro de los temas recurrentes del libro, no es más que “detalles, atrezo, condimentos”, nada, si la comparamos con la vida, ese fenómeno del que surgen los breves destellos que recogen estos cuentos, esas obras en las que alguien, algún día, se propuso jugar con la luz.

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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