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Blur "Parklife"

Veinte años no es nada…

 

Half Nelson

 

Parece que fue antes de ayer, pero lo cierto es que este viernes 25 de abril se cumplirán ya 20 años de la publicación de “Parklife” (Food / EMI, 1994), el tercer y mejor disco de la banda británica Blur. Un disco que, sociológicamente, no sólo capturó el momento a la perfección, fotografiando en el punto exacto los primeros hervores patrióticos de lo que más tarde se convirtió en la tontorrona euforia de la Cool Britannia; si no que, musicalmente, también marca el instante exacto (y prácticamente el único) en que la “modernidad” de lo que primero se llamó New Wave of the New Wave (NWOTNW) y después simplemente Britpop puede aguantar la mirada a los clásicos a cuyos hombros intenta encaramarse.

 

Si Suede tomaron la senda tremendista del Bowie más energético y andrógino; si Oasis chapotearon en los lodos norteños de los Beatles; Blur se agarraron fuerte a los últimos coletazos del sonido Madchester gracias a los singles “She’s so High” y “There’s No Other Way” contenidos en su LP de debut “Leisure” (Food / Parlophone, 1991). Con la incómoda sensación de haber llegado tarde a una escena moribunda y después de una agotadora gira estadounidense que casi acaba con el grupo, el cantante y letrista Damon Albarn se da cuenta de que lo que más han echado de menos durante el tour son esas pequeñas cosas que definen la cotidianidad británica. Decididos a dar un giro a su carrera, contactan con Andy Partridge (XTC) para producir su segundo LP, pero las conversaciones no fructifican y acaban volviendo a Stephen Street (The Smiths, Morrissey, Babyshambles…) quien ya había producido “There’s No Other Way” y también es fan del Chelsea como Albarn.

 

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“Modern Life is Rubbish” (Food / Parlophone, 1993) fracasa como colección de singles y como álbum conceptual, pero es el mejor ensayo posible para lo que vendría después: se adentra en el costumbrismo cockney de Kinks, The Jam y Madness y les da suficiente confianza para insistir e ir más allá del trainspotting de la portada (Albarn acostumbraba en esa época a posar, orgulloso, con su cazadora de revisor del British Rail). Con mucho menos escapismo utópico y menos retranca social que sus antecedentes londinenses, pero, al mismo tiempo, con el suficiente buen gusto por las melodías y las referencias y un notable acierto en la descripción de personajes, “Parklife” (Food / Parlophone, 1994) floreció fuerte, bello y robusto. En él se describe con tierna fiereza el patético escapismo de las tardes en el pub, de las apuestas en las carreras de galgos o de, para los más afortunados, las vacaciones de borrachera en Grecia, Mallorca o Lloret de Mar en las que “se evita el trabajo / simplemente porque no lo hay” en una gloriosa “Girls & Boys”: un número de europop con comentario social casi digno de unos Pet Shop Boys que no pudieron rechazar el reto de firmar una brillante remezcla para la cara B del single “To the End”. También vemos como el mismísimo Reginald Perrin de David Nobbs se transforma en “Tracy Jacks”, el aburrido oficinista que decide echarlo todo por la borda.

 

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La intención de Albarn es la de crear un crisol de estilos y referencias, un catálogo de personajes y situaciones que, por acumulación, defina lo que es ser británico (o más concretamente, inglés; o incluso más concretamente, londinense) en 1994: paro, pintas, peleas, punk (“Bank Holiday”, el momento preferido de Albarn para mostrar en directo sus progresos con el taekwondo), pero también orgullo y cierta ensoñación romántica (“End of a Century”); amor al paisaje (a los atardeceres desde el puente de Waterloo para ser más exactos: en esa época Albarn citaba continuamente a Ray Davies como su mayor influencia e incluso era habitual que el NME y el Melody Maker les entrevistaran conjuntamente), polos Fred Perry (“Clover Over Dover”) y todo aquello esencialmente británico: desde el té a los organistas que amenizaban las sesiones continuas (“The Debt Collector”, “Lot 105”). Todo ello sin olvidar la curiosidad por otras culturas (“Magic America”) y otros acentos –la francesa Laetitia Sadier de Stereolab acompañó a Albarn en la preciosa “To The End” tras fracasar el primer intento de reclutar a la mismísima Françoise Hardy: finalmente en el posterior single “To The End (French version)” ambos cantan en francés–.

 

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Tras años de depresión y con un gobierno conservador en descomposición en el que Margareth Thatcher ya ha dejado el cargo de Primer Ministro en manos del anodino John Major, la economía británica empieza desperezarse en 1993, mientras de fondo se oye llegar a una nueva generación de líderes laboristas con el moderno y regenerador Tony Blair al frente (quien heredará las llaves del 10 de Downing Street en 1997). En lo cultural, después de años de discográficas independientes en el Reino Unido, bandas alternativas estadounidenses como Nirvana o Green Day triunfan en todo el mundo, mientras que Inglaterra entera se ilusiona con aquello de “Football’s Coming Home”  y los preparativos de la Eurocopa que en 1996 habrá de celebrar el trigésimo aniversario de única Copa del Mundo que han levantado los Tres Leones –por cierto, en dicho torneo la selección inglesa cayó en semis ante Alemania, campeona más tarde ante la República Checa de Poborský, Nedvěd y Šmicer, no sin antes eliminar a España en cuartos (Hierro y Nadal fallaron sus penalties), pero esa ya es otra historia–.

 

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En ese ambiente de moderado optimismo y de ciertas ganas de revancha hacia los primos estadounidenses, “Parklife” (el tema) fue la guinda que estuvo a punto de no entrar en un LP que, a criterio de David Balfe (ex compañero de Julian Cope en los Teardrop Explodes y fundador del sello Food), iba a llamarse “London”. El productor Stephen Street lo explica en una reciente entrevista a Rush Magazine: “Durante la grabación estuvimos hablando de lo mucho que nos gustaba el actor Phil Daniels –el desdichado protagonista de “Quadrophenia” (1973, Atención: ¡¡¡¡spoilers en el vídeo!!!!) la opera rock de The Who–. Pensamos en que Damon compusiera un poema que Daniels recitaría sobre el instrumental “The Debt Collector”. Al final, Damon no compuso el poema, pero llamamos igualmente a Daniels porque las tomas de Damon en “Parklife” no nos acababan de convencer. Daniels grabó su parte y el batería Dave Rowntree añadió efectos y sonidos, como los cristales rotos. Eso fue lo que le dio un aire más divertido y la salvó. Estuvo a punto de no estar en el disco”. ¿Habría tenido la misma repercusión un LP llamado “London” sin “Parklife”? Muy probablemente no. La verdad es que cuesta imaginar que la pegadiza historia del encantador caradura vividor cuya mayor ocupación es alimentar a las palomas (y a veces a los gorriones) y que se levanta cuando quiere, excepto los miércoles que es cuando pasa el barrendero, pudiera quedar relegada a una cara B o a los bonus tracks de una hipotética reedición.

 

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En todo caso, ahora ya no podemos disociar unas canciones de otras. A lo largo de veinte años las hemos escuchado y degustado seguidas y ahora ya no podemos separar unas de otras. Sabemos que tras la rabia de “Bank Holiday” siempre viene la calma pastoral de “Badhead” y que siempre debemos reservarnos algo de resuello para poder acabar cantando a grito pelado “This is a Low”.

 

 

 

 

 

Half Nelson

Crítico musical que ha visto multitud de modas y estilos nacer, crecer, multiplicarse y morir desde que empezara a colaborar en Ràdio Ciutat de Badalona en 1993. Fan del jazz y del pop británico, aunque todavía impactado por el drum’n’bass, su firma se ha visto prácticamente en todas las cabeceras de prensa independiente (Mondo Sonoro, Go Mag, Rockdelux, Suite, Trax/Beat…) y radio online (ScannerFM) y por su grabadora han pasado muchos de los grandes (Costello, Lowe, Hitchcock, Mills, Craig, May, Saunderson, Gelb, Calexico, Goldie, Size, Flaming Lips, Bon Iver…). También ha contribuido con varios capítulos a “Loops” (Mondadori, 2002) y a “Teen Spirit. de viaje por el pop independiente” (Mondadori, 2004).

 

half@blisstopic.com