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Goat

El retorno de la cabra

 

Vidal Romero

 

Provienen de un pueblo diminuto situado en el extremo norte de Suecia, en el que el vudú y la magia negra son el pan nuestro de cada día. Utilizan máscaras, veneran a dioses paganos, practican el ocultismo (a todos los niveles: no se sabe ni quiénes ni cuántos son) y conjuran una música hipnótica y lisérgica, en la que se mezclan tambores africanos, guitarras ácidas bañadas en wah wah y auténticos mantras vocales. Se hacen llamar Goat, y vuelven en 2014 con nuevo trabajo discográfico tras el éxito de su anterior "World Music" (2012), el muy lisérgico y esperado "Commune" (Rocket Recordings).

 

Un tipo que dice llamarse “Goatman” (“cuando hablamos con la prensa siempre utilizamos nombres falsos”, me advierte) explica desde Gotemburgo que “montar una banda no fue nunca una decisión consciente. Varios de los miembros de Goat provenimos de Korpilombo, y hemos estado tocando juntos desde que éramos niños, como parte de una tradición musical que ya existía en el pueblo generaciones antes de que nosotros naciéramos. Así que no es apropiado hablar de nosotros como una banda, sino más bien como los depositarios de una herencia”. Korpilombo, una aldea situada en el norte de Suecia, es un lugar extraño, que ha estado sumergido en tradiciones mágicas y ritos de vudú durante varios siglos. “Cada casa tiene pequeños altares”, prosigue nuestro interlocutor, “para que los miembros puedan cuidar a sus espíritus particulares, proporcionándoles setas y aguardiente todos los días. Y el primer fin de semana de cada mes todo el pueblo se reúne, realizamos sacrificios personales y nos conectamos con los espíritus, tocando los tambores, meditando y utilizando medicamentos ancestrales”. Eso sí, que nadie piense en viejas brujas clavando alfileres en una estatua de barro. “El vudú de Korpilombo es distinto al que se practica en Haití”, aclara Goatman, “aquí utilizamos la música como un canal para comunicarnos con nuestros ancestros. No se trata de algo extravagante: cualquier persona que haya tocado música es capaz de reconocer cuándo se llega a ese estado trascendental, y sabe también que es necesario estar muy relajado para poder utilizar ese estado como una llave con la que encontrar otras dimensiones”.

 

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Sea cierta o no toda esa parafernalia mística, lo cierto es que encaja a la perfección con la música que hace Goat, con esos ritmos entre tribales e hipnóticos que pueblan las esquinas del que fue su enorme disco de debut, “World music” (Rocket Recordings, 12), y que sirven de soporte a unas canciones que igual se acercan al kraut rock que al acid folk, que rinden tributo al afrofunk, cultivan las distintas ramas de la psicodelia o se pierden en una espiral de cantos chamánicos. Un hervidero de influencias que nuestro hombre-cabra no duda en ampliar hasta el infinito. “El mundo se ha convertido en algo global, y eso significa que continuamente escuchamos cosas que llegan desde todos los confines del mundo, así que en realidad toda la música que se hace hoy día es world music”, reivindica. “Y de hecho, nos molesta bastante que exista un género con ese nombre: hay que ser muy estrecho de mente para catalogar dentro de un mismo saco a toda la música no occidental. En Goat utilizamos instrumentos y ritmos distintos a los habituales en Europa precisamente por eso, porque estamos influidos por sonidos que provienen de todas partes”.

 

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Un proceso parecido al que han utilizado en "Commune", un disco difícil sobre el papel, porque sus autores sólo lo podían enfrentar de dos maneras: o bien manteniendo intactos sus rasgos estéticas, a riesgo de repetirse y de quemar una fórmula a la que tampoco se le intuye mucho recorrido, o bien incorporando nuevas influencias a la mezcla, con el peligro de desbaratar su extraño equilibrio. Pero Goat han sido unos tipos listos y han tirado por el camino del medio. “Nos gustaría grabar con toda la banda tocando en directo, pero la verdad es que cuando lo hemos intentado siempre terminamos perdidos en largas improvisaciones, intentando alcanzar esa comunicación trascendental de la que te hablaba antes. Y ese es precisamente el tipo de experimentos que suelen funcionar mal cuando los grabas en un disco, porque no llegan a capturar la energía del directo. Así que cuando estamos en el estudio trabajamos utilizando otros principios totalmente distintos: hacemos canciones”. Otra cosa, claro, será lo que suceda cuando estén tocando en directo. “Desde el disco anterior la banda ha pasado a tener un núcleo más o menos estable, de entre siete y ocho personas. Pero todavía llevamos poco tiempo juntos, así que de momento nos resulta un poco difícil soltarnos sobre el escenario y perdernos en improvisaciones, que es algo que nos encantaría. Además, el hecho de tocar con máscaras lo hace aún más difícil”. Pues, ya que sale a relucir el asunto, ¿a qué se debe tanta máscara y tanto misterio? “Detestamos el culto al individuo que tanto abunda en estos tiempos, preferimos pensar de manera colectiva. Ese es el motivo por el que no queremos ser vistos como individuos, con distintas caras y nombres. Goat es un único organismo que nos engloba a todos en su interior”.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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