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Sébastien Tellier

Confection

Record Makers

5,8

Pianonanismo

Albert Fernández

 

Sébastien Tellier te quiere. Y tú adoras a Sébastien Tellier. Él te ha amado desde la melancolía dulzona de sus inicios (“L’incroyable vérité”, 2001), con la efusividad electro-pop de sus devaneos eróticos (“Sexuality”, 2008), o en pleno delirio mesiánico, a través de ese verdadero amor eterno que declaraban los híbridos ambientales de sus más recientes encarnaciones  artísticas (“My god is blue”, 2012). Y eso sin hablar de su  gran boutade de emisión de amor masivo (Festival de Eurovisión, 2008).

 

Todos sabemos que a este díscolo y grandilocuente músico francés le gusta dar forma a su obra a través de un molde conceptual, una premisa temática que le ayuda a unir las canciones bajo una impronta melódica, le confiere además un discurso que soltar con su poco dócil verborrea frente a los periodistas, le permite expresarse como artista y, ya de paso, también le hace pasárselo en grande: jugar.

 

Con “Confection”, Tellier retoma el hilo neoclásico de sus primeras composiciones, en un cancionero que circula con la parsimonia abatida de la banda sonora de una película erótica de los años 70.  Pasa que, en ese sucesión de temas donde el piano y los vientos nos guían a través de estancias sedosas, preside la música de cámara decadente (no hay más que escuchar el compás taciturno de “Adieu”, ese inicio con voz de ópera, para advertir el tono del disco), los aires de jazz, soul y la estela de la más arraigada chanson, más algún deje sintético que enrarezca algo más el conjunto, en todo ese mundo de humedades sonoras sugeridas, nada acaba de empaparnos realmente. Las piezas suenan gráciles y preciosistas, flotan en el ambiente, pero, antes que destapar esencias embriagadoras, simplemente abren hermosos tarros de gran nada, con la misma capacidad de sorpresa que causan los regalos insulsos que se han envuelto ostentosamente. Las canciones de Tellier nos acarician, nos seducen, buscan el orgasmo de la exquisitez, pero al escucharlas nos quedamos secos, con un regusto aséptico en el paladar auditivo. Es sexo triste.

 

Con todo, la factura  del cancionero es siempre medida y hermosa, irrebatible y perfeccionista. El único problema no es la abundancia de matices, sino las carencias que comportan, y la conclusión de que el disco no suscita verdadera emoción salvo en un par de pasajes. En ese tapiz de terciopelo sin ningún tipo de resalto, hay una pieza, “L’amour naissant”,  que, dividida en tres cortes, vuela por encima del resto, concentrando (junto a las piezas dedicadas a “Coco”) toda la vida del disco en sus pasos entre teclas, la ingravidez compungida de sus orquestaciones y la pauta que dan unos bajos que nos hacen encoger como el paso de los días.  

 

La última erotización de su discurso ha vuelto la creación de Sébastien Tellier música de moqueta, un hilo de ascensor. Claro que, como es sabido, un ascensor puede ser muy erótico. Aunque no es lo mismo subir hasta la azotea pletórico, o quedarse atrapado entre pisos con tu máxima aspiración erótica, que apretar el botón del sótano y sentir en el estómago como todo empieza a bajar. 

 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com