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Nirvana

Bleach

Sub Pop, 1989

8,9

Metal grunge

Albert Fernández

 

La historia ya la conoces. Kurt Cobain y Krist Novoselic se conocían del instituto de Aberdeeen. No se hablaban, porque preferían comunicarse con ruido, apretarse en un garaje entre amplis, guitarras y micros, salir a escuchar a sus bandas preferidas, volver a tocar corriendo, con las bocas abiertas después de ver un ensayo en el local de los Melvins.

 

Si hemos de recordar, que sea con los pesados acordes de “Blew” marcando un primer compás furibundo, como el anuncio grave de un contrarreloj que se encendía con urgencia, pero sin premeditación. El gruñido de Cobain sonando distante como un brujo en su habitación adolescente, su fraseo arrastrado, inopinado y ya en aquel entonces tremendamente carismático, poderoso desde el primer momento, abriéndose a un mundo de posibilidades, repitiendo con desganado magnetismo “You could do anything”.  

 

Los acordes mortecinos y desquiciados de “Blew” son el primer trazo de un pedazo de tiempo que cuajaba en sonido sobre la moqueta de Reciprocal Recording, en el último mes de 1988, semanas después de un miasma de agitación, indecisiones, ideas y venidas. Un primer desgarro que llegaría en un momento en que todo era mucho más sencillo, atropellado e instintivo. Enviar maquetas a sellos y fanzines, buscar las puertas a las que llamar, mientras Dave Grohl todavía aporreaba bombos con los hardcoretas Scream, y la banda cambiaba compulsivamente de batería y de nombre: ahora Bob McFadden, luego Dale Crover y Aaron Burckhard, o, ya en Seattle, el simple Chad Channing, respondiendo a un anuncio del periódico, convertido finalmente en el responsable de las baquetas para el disco, mientras Cobain no se decidía sobre cómo debía llamar a la criatura: Fecal Matter en las primeras maquetas, pero también Skid Row, Pen Cap Chew, Bliss (!!!) o Ted Ed Freed, hasta dar con el equilibrio insuperable, el nombre que nadie podría olvidar jamás: Nirvana.

 

Todo eso era mucho antes de que el cañón de la escopeta diera el giro definitivo hacia los adentros de la cavidad bucal de toda una generación, cuando era inimaginable pensar en Courtney escondiendo con ademanes de vieja chiflada todas las cintas y libretas en el desván, justo antes de salir para el juzgado. Eran tiempos a medio camino de todo; ni los albores de un movimiento, como siempre nos han hecho creer, ni tampoco el final de nada, salvo tal vez la esperanza de que el rock volviera a ver nacer un verdadero mito.

 

Entonces, bastaba un anuncio de una etiqueta de lejía avistado azarosamente desde la ventanilla del coche como premisa para el título del primer disco, simplemente "Bleach", lo mismo que un par de años después una marca de desodorante bautizaría el último y definitivo himno del rock, "Smells like teen spirit". El zumbido seductor de “Love buzz” había convencido a los gerifaltes de Sub Pop, y con algunas canciones ya grabadas, la plasmación del repertorio de “Bleach” se puso en marcha. Aunque el sello encargó explícitamente un EP, aquellas sesiones acabaron emanando once canciones. Con la mediación del productor local Jack Endino, y los recursos de Jason Everman, un tipo que fue acreditado como guitarrista en el disco, aunque no tocó una sola nota en el estudio (en cambio aportó la nada despreciable cantidad de 606,17 dólares para la grabación del disco), “Bleach” afloró sin que Cobain o Novoselic tuvieran la intención de inventar nada, solo de tirar de la maraña de ruido que los atenazaba por dentro, y sacar afuera todo lo que hervía en sus cabezas alocadas. El primer disco de Nirvana no inventó nada, en efecto; pero cambió enormemente las formas de hacer por aquel entonces.

 

“Bleach” es la manifestación de un alma torturada, que se rompe a cada estrofa o cambio de ritmo, a base de distorsiones afiladas, alaridos que trepidan desde las vísceras de Cobain hasta el estómago de quien escucha, siempre pasando por su garganta de sierra: un disco que es como un animal atrapado y aullando por salir, dispuesto a destrozarlo todo en su huida, en una carrera hierática y feroz, herida y lacerante, hecha de irreverencias sagradas.

 

Tal vez Novoselic pretendía imitar a los Melvins, Mudhoney, o la banda de black metal Celtic Frost, pero Cobain tenía otra cosa en mente: el cantante regurgitaba sus entrañas en cada fraseo, arañaba la guitarra con un ímpetu salvaje y concreto a un tiempo, y el resultado acabó por tener más mordiente, alcanzar mayor trascendencia sonora de lo que cualquiera había previsto. “Bleach” sabía a metal, sí. Pero se trataba del metal que acompaña al sabor de la sangre.

 

La herida estaba abierta, con letras escupidas sobre el papel un día antes de cada grabación, tal como, ehem, dicta la leyenda y los mayores renglones del canon punk; letras como escupitajos, más el nervio constante en el pulso de Cobain, dictando el curso de cada melodía. Chad Channig tenía un trabajo sencillo: asumir y respetar las pautas que había dejado Crover en el cancionero, no en vano alguna de las grabaciones se Crover se llegó a remezclar y conservar para el disco.

 

Superado el aliento rasgado de “Blew” , “Floyd the barber” percute en la misma dirección, pero con un peso superior. Un tambaleo de trash, con un desarrollo de rítmicas y percusiones tal vez vulgar y evidente, pero cargado de impronta a cada cambio, conduciendo la canción al ahogado grito de vergüenza de su estribillo desgañitado, y a un nuevo espacio de punteos y finezas, demostrando que lo más rudo podía también contener la dosis justa de oscura delicadeza.

 

 

 

 

Y entonces, “About a girl”. El primer atisbo para los menos atentos, la muestra inicial del potencial de Nirvana para las masas. Un canción que erotiza desde su primera respiración, que seduce naciones a la primera escucha. La irónica manera que tuvo Cobain de acariciar a los Beatles, de dar luz a todo su pozo de oscuridad punk, un primer paso de geni(t)alidad orientada e imbatible, el sello ‘indie’ ya escociéndole en el lomo.

 

“School” es pura crudeza perfeccionada, un engranaje de ritmo obsesivo e insano, furia fuera de todo trato, una demostración del poder de la banda llevada a la escala más emblemática, con esa caída previa al último estribillo, capaz de encoger a un estadio, para hacerlo saltar dislocadamente al minuto siguiente.

 

El contoneo de “Love buzz” representa otro gancho evidente, su llave de entrada al mundo de los surcos y el plástico. El fraseo ebrio de Cobain, cantando “You're the queen of my heart, please don't deceive me when I hurt you” es de los que se recuerdan para toda la vida. Entretanto, la línea de bajo hipnótica se resiste a ser sepultada por los rasgueos asqueados de la guitarra, y la canción acaba dispersando su equilibrio, rompiéndose en pedazos entre “wah-wah’s” lisérgicos, aceleraciones y correas de distorsión.

 

Los bandazos de las baquetas cayendo en el mar de estridencia de “Papercuts” marcan la entrada del disco en otro estado de cosas. Ese corte es algo alucinado y distante, pero hiere como un arañazo, un atraco con el filo en la garganta. Cobain se desgañita con despreocupación, y aquello parece una oratoria sin orden ni sentido, pero poco a poco la congregación crece y se invocan fuerzas que subyugan, como si presenciáramos el baile de una secta adorando una manifestación pura del caos. Con esa canción inusual y desmañada, musculosa y desgarbada a un tiempo, la banda se revelaba inconsciente de su poder. Nirvana eran todavía libres de pesos y cadenas, capaces del error como encanto, de la  histeria desbocada y desafinada.  

 

La sentencia repetida en la rota “Negative creep”, su masa amorfa de rasgueos y redobles, y la impostadísima voz de Cobain siguen por esa estela más fraguel-punk de este debut, mientras que “Scoff” vuelve a demostrar infinitas  posibilidades melódicas, pero prefiere manejarse con esa misma rabia descontrolada y febril, sobre versos rotundos y crecientes.

 

“Mr. Moustache”, otro corte directo, de sonido pesadillesco y cíclico, con un riff galopando mientras Cobain exclama con la voz de un dictador de sofá, gutural y grotesco, declamando su falta de orgullo sobre la carne que come, en una letra inspirada en la historia de un viejo cómic que él mismo Cobain dibujó, donde un no-nacido atravesaba el vientre de su madre para asesinar a su padre. “Sifting”, otro desaliento metalero y enfermizo, con ese discurso desafiante, alienado y nihilista, que se condensa en la frase “Don’t have nothing for you”, es más Black Sabbath tragado y vomitado desde un prisma punk y decadente, mientras que el cierre del disco es cada vez más doloroso y desnudo, con “Big cheese” y “Downer” respondiendo a una aliteración de versos más obvia, bajo ese engranaje de distorsión definitorio del grunge. El conjunto era un negativo invertido, una llamarada desprovista de todo color: dolía, pero todo el mundo quería acercarse y tocarla. "Bleach" era un corazón negro expuesto para que el resto lo mire, la boca abierta y todos los dientes afilados. Ahí estaban Nirvana.

 

La edición Deluxe que Sub Pop lanzó en 2009 incluye el formidable directo “Live at Pine Street Theater”, donde suenan perlas inmortales como “Sappy”, o la cover de “Molly’s lips”, de sus adorados Vaselines, pero esa es una experiencia aparte, parte del estallido que seguiría a la grabación de “Bleach”.

 

La semilla de lo que estaba por llegar se puede encontrar en los pliegues que habitan entre los acordes más salvajes lanzados por ese chico con la mirada perdida y los mechones rubios asaltándole la frente mientras destroza cada guitarra, en una simbiosis insana donde esos alardes de rock se mezclan con la cínica dulzura que encontramos cada vez que canta sentencias como “I can’t see you every night… free”. Cobain irrumpió rompiéndolo todo, sin preocuparse de las llamas que dejaba a su paso, de la demencial onda expansiva que seguiría a cada uno de sus destrozos, o las oleadas que planearían sobre sus brumas de sensibilidad. Y, en el principio, todo podría resumirse bien con un estribillo que hace cerrar los ojos cada vez que lo oyes; el precursor de los himnos antológicos, definitivos, que llegarían con “Nevermind”. Aquel primer motivo que hizo que el mundo clavara la rodilla en el suelo ante Nirvana.

 

El coro que acompaña a Cobain en los conciertos crece, el reloj sigue su marcha atrás, el rifle empieza a girarse, el incendio se extiende y toda sobredosis es poca, porque cada vez que suena el estribillo, son más: unos cuantos cientos, decenas de miles, ahora ya millones cantando con Kurt “but I can’t see you every night…. Freeeeeeeee!”.

 

 

 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com